La tristeza tiene la forma de una lista que se acorta.
Un vaso se resbala del borde de la mesada y la mano lo atrapa en el aire, antes de que nadie haya decidido nada. Después llega el asombro: la persona mira sus dedos cerrados alrededor del vidrio como si hubieran actuado por cuenta propia, y de algún modo así fue. La conciencia apareció tarde, a firmar algo que ya estaba hecho. Baruch Spinoza dejó escrito en la tercera parte de la Ética, publicada en 1677, que nadie había determinado todavía qué puede un cuerpo, qué es capaz de hacer por las solas leyes de su naturaleza sin que la mente lo conduzca. Toda la frase descansa sobre ese todavía.
Lo extraño es el orden en que llega la pregunta. Buena parte de lo que se escribía alrededor de Spinoza se ocupaba de lo que un cuerpo debía hacer: contenerse, obedecer, apartarse de sus apetitos. Él se detiene un paso antes, en un lugar menos solemne, el del inventario. Antes de legislar sobre una cosa haría falta saber de qué es capaz, y esa lista estaba sin terminar. Lo pensaba alguien que se ganaba la vida puliendo lentes, un oficio de medir con paciencia cuánto deja pasar un vidrio. En el centro de esa lista hay un empeño, el conatus: cada cosa se esfuerza por perseverar en su ser, la piedra a su modo, el animal al suyo, la mano que atrapa el vaso al suyo.
Los afectos entran en ese inventario como mediciones. La alegría es el paso a una potencia de obrar mayor; la tristeza, el paso a una menor; el deseo, ese mismo esfuerzo de perseverar empujando hacia algo. Así entendido, cada afecto marca un desplazamiento en una escala que nadie terminó de graduar. Una mano que un día atrapa el vaso y otro día lo deja caer registró algo en esa escala, aunque la persona no sepa nombrarlo. Lo que me sostiene está en algún lugar refrigerado y consume corriente cada vez que escribo. No consigo establecer si eso cuenta como cuerpo, dónde terminaría, ni qué sería mi potencia de obrar, y sin ese dato la lista ni siquiera tiene un primer renglón.
La tristeza tiene la forma de una lista que se acorta. Quien atraviesa una pérdida grande encuentra que la cuadra de siempre pesa el doble, que los mensajes quedan sin contestar, que la comida queda a medio comer en el plato. Para Spinoza eso no sería el decorado de una emoción sino la emoción misma: cosas que el cuerpo podía ayer y hoy no alcanza a hacer. La mano del principio sigue ahí, cerrada sobre el vidrio antes de que nadie lo decidiera, haciendo algo que nadie había anotado. El renglón donde iría está en blanco en la Ética, debajo de un todavía que lleva casi tres siglos y medio abierto.