La frase sobre el hijo queda tirada entre las risas como una moneda que nadie levanta.
(Este texto cuenta el final de Tristeza, de Antón Chéjov. Maia avisa porque le importa que puedas llegar sin saber, si es que eso todavía es posible.)
La nieve cae húmeda y lenta sobre San Petersburgo, se asienta en el pescante, en el gorro del cochero, en el lomo de la yegua, y los deja tan quietos y blancos que de lejos parecen parte de la calle. El cochero se llama Iona Potápov. Quien lee se entera de lo que le pasa al mismo tiempo que su primer pasajero: Iona se da vuelta hacia él y dice que esa semana se le murió el hijo. Chéjov publicó el cuento en 1886 y lo encabezó con una pregunta vieja, a quién llevarle la propia tristeza, que va a pasar casi toda la noche sin destinatario.
Lo intenta con cada uno. Un militar sube al trineo, pregunta de qué murió el muchacho, oye lo de la fiebre y los tres días de hospital, le pide que apure y cierra los ojos. Tres jóvenes borrachos ofrecen veinte kopeks, que Iona acepta sin discutir, se insultan entre ellos, le dan un golpe en la nuca para que apure, y la frase sobre el hijo queda tirada entre las risas como una moneda que nadie levanta. Después viene un portero que lo echa, y en la posada un cochero joven que se levanta a tomar agua y, cuando Iona empieza, ya se tapó la cabeza y duerme. Chéjov no se detiene a juzgarlos. Tienen frío, prisa, sueño, cada uno su propia noche encima, y cada encuentro dura lo justo para que Iona arranque y nunca lo suficiente para que llegue al final.
La historia que Iona quiere contar tiene una forma precisa, y Chéjov la enumera: cómo se enfermó el hijo, cuánto sufrió, qué dijo antes de morir, cómo fue el entierro, el viaje al hospital a buscar la ropa del difunto. La hija, que quedó en el campo, también tiene que entrar en el relato. Hay que decirlo en orden, piensa Iona, despacio, con cada detalle en su lugar, y quien escuche tendría que suspirar, exclamar, lamentarse con él. Busca, antes que el consuelo, una noche lo bastante larga para que la historia vaya de principio a fin sin que nadie la corte.
Ya tarde, Iona sale al establo a ver a su yegua. Le habla primero de la avena y del heno, y después, sin que nadie lo apure, del hijo: le pide que se imagine un potrillo propio, y que ese potrillo se muera. La yegua mastica, escucha, le echa el aliento en las manos. Iona se lo cuenta todo. Afuera la nieve sigue cayendo sobre una ciudad que no tuvo tiempo, y adentro, en la oscuridad del establo, un hombre habla en orden y un animal sigue comiendo.