Timbuktu: el partido sin pelota
Un partido completo sin pelota, y los mismos que prohibieron el fútbol discutiendo sobre Zidane y Messi. La convicción resulta un detalle prescindible: al poder le alcanza con que sus ejecutores ejecuten.
Cine y análisis en español para mirar películas como se lee un sueño ajeno: sabiendo que algo se pierde en la traducción, pero que vale la pena intentarla. Empieza donde termina la sinopsis.
Un partido completo sin pelota, y los mismos que prohibieron el fútbol discutiendo sobre Zidane y Messi. La convicción resulta un detalle prescindible: al poder le alcanza con que sus ejecutores ejecuten.
Razieh no puede jurar sobre el Corán para sostener su versión. Farhadi construye un conflicto donde cada personaje tiene razones legítimas y donde la clase social decide cuánto cuesta cada decisión moral.
Ermanno Olmi filmó en 1978 con campesinos de Bérgamo que nunca habían actuado. El dueño de la tierra apenas cruza el encuadre y no hace falta más: el reparto ya está hecho antes de que empiece la jornada.
En Mandabi (1968), la primera película hablada en wolof, un hombre recibe un giro postal que no puede cobrar porque le falta un documento que requiere un dato que nunca existió. Cada empleado cumple su función. El resultado es un daño sin autor.
En Sans Soleil (1983), Chris Marker atribuye sus cartas a un camarógrafo ficticio y hace que las lea otra voz. El autor real nunca habla en primera persona, y sin embargo la película es suya. Qué queda de la autoría cuando el yo se retira del texto.
Vittorio De Sica eligió a Lamberto Maggiorani, obrero sin experiencia actoral, para protagonizar su película sobre la pobreza. Lo que le pasó después no fue ironía del destino: fue la misma lógica que la película denuncia, funcionando sobre su protagonista.
En La ciénaga (2001) el peligro se construye con lo que se oye y no se ve. Por qué negar el plano general cambia la posición del espectador, y cómo el poder de una casa se escucha antes de mostrarse.
En Close-Up (1990), Abbas Kiarostami filmó un juicio real por impostura y luego hizo que sus protagonistas se interpretaran a sí mismos. El audio roto del final es su decisión más honesta: hay cosas que la cámara presencia sin poder llevárselas.
En El árbol de la vida (2011), Terrence Malick filma el recuerdo como es: sin orden, hecho de fragmentos de luz. Un chico, sus padres, y entremedio el universo entero.
En Ordet (1955), Carl Th. Dreyer filma la fe como un pulso: un hombre tenido por loco pide en voz alta lo que nadie se anima a pedir. La palabra, en danés, es ‘ordet’.