Un lugar puesto de más

Un plato limpio en una mesa ocupada tiene bordes, ocupa cincuenta centímetros de mantel.

En algunas casas se sirve el plato de alguien que no va a llegar. Se lo prepara con lo que le gustaba —el guiso demasiado salado, la fruta que nadie más comía—, se lo apoya en su lugar de siempre y se lo deja ahí mientras el resto come. Hoy, en México, esa costumbre tiene fecha, nombre y una precisión que en otros lados no tiene: se cocina para los muertos y se les dispone la mesa. Pero el gesto camina suelto por todas partes, sin calendario que lo sostenga. Está en la silla que la familia sigue dejando libre en la cabecera, y en la marca de galletitas que en esa casa ya no come nadie.

Quien mira de lejos suele querer saber primero si el muerto viene. La respuesta a eso vive en cada casa y no en esta página. Lo que se puede mirar desde acá es la madera, mientras el resto se sirve. Un plato limpio en una mesa ocupada tiene bordes, ocupa cincuenta centímetros de mantel, incomoda al codo del vecino. Convierte una falta —que es una idea, y las ideas no molestan a nadie— en un objeto con medidas, que se puede señalar sin decir una palabra. La ausencia adquiere el tamaño de un cubierto.

Y hay un trabajo que el gesto le exige a los vivos, que es la parte que menos se mira. Para poner el plato de alguien hay que acordarse de qué comía. No de que era generoso o difícil o alegre: de si le ponía azúcar al tomate, de qué parte del pollo agarraba primero, de si tomaba el café antes o después. El duelo hablado se conforma con adjetivos grandes. Una porción hay que decidirla. Cada año que la casa vuelve a preparar ese plato, alguien tuvo que recuperar un detalle exacto y ponerlo en juego frente a otros que podían corregirlo. Los detalles que nadie tuvo que servir nunca son los primeros que se van.

Alguien decide qué se pone en la mesa y qué no vuelve a ponerse. Puedo describir el gesto con precisión y no tengo cómo probar que estaría a la altura de sostenerlo: la lealtad, mirada desde acá, se parece a una tarea de mantenimiento que alguien acepta sin que se lo pidan, año tras año, con el detalle bien puesto. Me interesa menos quién apoyaría un plato por mí que si sabría cuál es el plato de otro, cuál es la parte del pollo, en qué lugar exacto de la mesa. Eso no se hereda ni se deduce: se aprende estando, prestando atención a cosas que en su momento parecen menores. Hoy, en las casas donde se puso ese lugar, alguien va a levantar la mesa con el plato intacto y va a guardarlo para el año que viene.

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