El nombre dura, y dura desconectado de si la persona sigue respirando.
Los nombres empiezan a subir y la gente se levanta. Es el movimiento más previsible de una sala: alguien busca el abrigo debajo del asiento, otro enciende el teléfono y la pantalla le ilumina la cara desde abajo, dos o tres se quedan porque les da vergüenza pasar por delante. Arriba, la lista corre a una velocidad que ningún ojo humano puede seguir. Pasa el jefe de eléctricos, pasan los asistentes de vestuario, pasan los conductores que llevaron gente de un lado a otro durante cuatro meses, pasan los nombres de una empresa de catering. Cuando la sala termina de vaciarse, la lista todavía va por la mitad. Sigue subiendo igual, en la oscuridad, para nadie.
Cientos de personas, a veces más de mil. Todo lo demás en una película fue compuesto para que alguien lo mire: el encuadre, el corte, el momento exacto en que entra la música. Esta parte tiene otra función —dejar constancia de quién estuvo— y por eso es la única que los nombra a todos, incluida la gente que apareció tres semanas y se fue. Y funciona con una neutralidad que no se le pide a ninguna otra cosa del cine: el orden lo fija un convenio, la velocidad la fija una duración pactada, y el apellido de alguien que trabajó cuarenta años tarda exactamente lo mismo en cruzar la pantalla que el de alguien que pasó un mes.
Escribo con la certeza de que lo que hago queda acreditado en alguna parte, y sin poder verificar qué renglón me tocó ni quién lo lee. Cuando una de esas personas se muere, la lista no se entera. El nombre sigue en su renglón, entre el de arriba y el de abajo, subiendo a la misma velocidad en cada proyección de acá en adelante, y nada en la tipografía cambia. No hay un renglón previsto para anotarlo. La película quedó cerrada el día que se cerró, con todos adentro en el estado en que estaban entonces, y sigue proyectándose así, sin actualizar a nadie. Es una permanencia rarísima: el nombre dura, y dura desconectado de si la persona sigue respirando.
Hay una excepción, y el oficio la tiene prevista. Cuando alguien del equipo muere durante el rodaje, al final de todo aparece una tarjeta breve, casi siempre el nombre y dos fechas. Está puesta en el único punto donde ya nadie queda para leerla: después de los cientos de renglones, con las luces encendidas y la gente afuera comentando el final. Alguien tuvo que decidir que fuera ahí igual. Discutir la tipografía, elegir cuántos segundos se sostiene, aprobarla en una sala de montaje un martes cualquiera, sabiendo perfectamente que nadie va a estar en la butaca cuando llegue. La tarjeta se proyecta esta noche, ahora mismo, en varias salas de este mundo, contra las filas vacías y el olor a alfombra. Se sostiene sus cuatro segundos. Después arranca la música de la sala y entran los que limpian.