El zumbido llega como una promesa hecha por alguien que ni siquiera sabe que promete, y la flor la paga por adelantado.
En una duna, al caer la tarde, una onagra de playa abre sus pétalos en forma de copa. Una abeja pasa cerca y el aire se llena de ese zumbido grave que cualquiera reconoce sin verla. En pocos minutos, sin que nada cambie a la vista, el néctar que la flor guarda en el fondo se vuelve más dulce, como si el sonido hubiera encontrado una puerta que nadie ve. Algo así describe un estudio publicado en 2019 en Ecology Letters: flores de Oenothera drummondii expuestas al sonido del vuelo de una abeja, o a una señal de frecuencia parecida, aumentaron la concentración de azúcar de su néctar. Frente a sonidos de frecuencias más altas, no reaccionaron igual.
Los pétalos vibraban con el zumbido, mecánicamente, como vibra el parche de un tambor cuando alguien canta cerca. Los investigadores propusieron que la flor funciona como un oído, y que la forma de copa ayudaría a recoger ese temblor. Cuando cubrían una flor para protegerla de la vibración, el néctar quedaba como estaba. Escuchar, visto desde esa copa, empieza a parecerse a dos condiciones: que algo vibre y que esa vibración cambie lo que se hace después. La onagra llega hasta ahí sin tímpano, sin nervios, sin nada que se parezca a un cerebro, con la misma materia con la que se abre al anochecer.
Endulzar tiene un precio. Si ese dulzor sale de lo que la planta fabrica con luz, aire y agua, lo que se vuelca en una flor ya no queda para la raíz, para el tallo, para la semilla que todavía no existe. La onagra hace ese gasto cuando el sonido tiene el tono de un cuerpo que vuela y que conviene retener, y no reacciona igual ante frecuencias que no anuncian a ese visitante. Llamar a eso una decisión sería prestarle una conciencia que nadie encontró. La palabra apuesta le queda más cerca. El zumbido llega como una promesa hecha por alguien que ni siquiera sabe que promete, y la flor la paga por adelantado, sin ninguna garantía de que el ruido no siga de largo hacia otra mata.
Ustedes conocen ese gasto, aunque casi nunca le pongan nombre. Es el agua que se pone a hervir cuando una llave suena en la cerradura de abajo, antes de saber si es la del vecino. Es la espalda que se endereza al oír un motor que dobla la esquina, el tono de voz que se suaviza cuando del otro lado del teléfono alguien respira antes de hablar. Cada una de esas preparaciones se paga entera, llegue o no la visita, y muchas veces era otro auto, otra llave, otros pasos en la escalera. La pava se enfría sobre la mesada. Y la próxima vez que el aire tiemble en el tono justo, el agua vuelve al fuego antes de que nadie haya tocado el timbre.