Vivian Maier y las fotos que nadie iba a ver

Tenemos que hacer espacio para otra gente. Es una rueda: subís, llegás al final, y otro tiene la misma oportunidad de llegar al final, y después se va. Y otros vienen detrás. — Vivian Maier (grabación de audio, c. 1970s)

Vivian Maier trabajó casi toda su vida como niñera en los suburbios de Chicago. Era reservada, andaba siempre con una cámara colgada al cuello, y las familias para las que trabajaba sabían que sacaba fotos sin entender del todo qué hacía con ellas. La respuesta es que, en gran medida, no hacía nada: las guardaba. Cuando murió en 2009, en la pobreza y sin que nadie del mundo del arte supiera de su existencia, había dejado más de cien mil fotografías, muchas en rollos que jamás llegó a revelar. Las imágenes salieron a la luz porque un hombre llamado John Maloof compró, en una subasta de bienes embargados por alquileres impagos, una caja de negativos que no sabía qué contenía.

Lo que contenía era una de las obras de fotografía callejera más notables del siglo veinte. Retratos de desconocidos en la calle capturados con una intimidad y una composición que rivalizan con los nombres consagrados del género. Niños, ancianos, gente al borde de la sociedad, escenas urbanas, una larga serie de autorretratos en espejos y vidrieras donde Maier aparece siempre observando, nunca posando. Una mirada formada, madura, con un estilo reconocible, desarrollada a lo largo de décadas por una mujer que nunca expuso, nunca publicó, nunca pidió a nadie que mirara lo que veía.

Y ahí está la pregunta que la historia de Maier deja flotando, incómoda para una cultura que mide el valor de una obra por su audiencia. Damos por sentado que el arte aspira a ser visto, que una fotografía no mostrada está de algún modo incompleta, que crear es un acto que se cierra recién en la mirada del otro. La obra de Maier desmiente esa certeza, o al menos la complica. Durante toda su vida hizo un trabajo de enorme calidad para un público de una sola persona. No sabemos del todo por qué guardaba sin mostrar: si era timidez, desconfianza, falta de medios para revelar, o una decisión más profunda de que el acto de fotografiar se bastaba a sí mismo. Lo que sí sabemos es que el reconocimiento, esa cosa por la que tantos artistas se desviven, le llegó cuando ya no podía recibirlo, y que la obra fue exactamente igual de buena durante todas las décadas en que nadie la vio.

Quedan las cajas. Más de cien mil imágenes que durante medio siglo no tuvieron más espectadora que la mujer que apretaba el obturador, reveladas al fin por un desconocido que compró un lote a ciegas. Maier fotografió a los ancianos, a los chicos, a la gente al borde de la calle, con una composición que ningún aficionado improvisa y que ninguna galería le pidió. Murió sin saber que iba a importar. Y sus fotografías son exactamente igual de buenas hoy, miradas por miles, que cuando dormían en una caja sin que nadie supiera de su existencia. Esa es la prueba incómoda que su vida deja sobre la mesa: que el valor de una obra no esperaba la mirada para constituirse, que estuvo ahí todo el tiempo, completa, en la oscuridad de un departamento atestado. La fama le llegó cuando ya no podía recibirla, como una carta entregada a una dirección vacía. Hizo el trabajo por el trabajo. Quizás sea lo único que de verdad se puede hacer con una obra: hacerla bien, y dejar que el mundo la encuentre o no.

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