La parte más humana de la voluntad no es el arranque sino el freno.
En 1983, seis personas se sentaron frente a un reloj distinto a cualquier otro: un punto de luz que giraba rápido sobre una esfera, diseñado para que pudieran marcar el instante exacto en que algo pasaba dentro de ellas. La consigna era simple. Mover la mano derecha cuando quisieran, sin razón, sin cuenta regresiva, y después señalar en qué posición estaba el punto de luz cuando sintieron por primera vez las ganas de moverse. Benjamin Libet, el neurofisiólogo que diseñó el experimento junto con Curtis A. Gleason, Elwood W. Wright y Dennis K. Pearl, les pedía que atestiguaran su propia intención, como si la decisión fuera un evento observable desde afuera, algo que ocurre y que uno puede fechar con la misma precisión con que se fecha un sonido o un destello.
El dato que salió de ahí no tiene nada de místico y por eso inquieta más. Los electrodos sobre el cuero cabelludo registraban una actividad eléctrica —el potencial de disposición— que empezaba varios cientos de milisegundos antes del instante que la persona señalaba como el momento de decidir. El cerebro ya estaba ocupado en preparar el movimiento cuando la sensación de querer moverlo todavía no había llegado a la conciencia. Libet mismo se cuidó de no sacar de ahí una conclusión sobre el libre albedrío: dejó, en cambio, una secuencia incómoda —preparación, luego sensación de decidir, luego movimiento— que invierte el orden que cualquiera esperaría encontrar si mirara hacia adentro.
Lo que Libet sí propuso, y que rara vez se cuenta con el mismo interés que el dato perturbador, es que quedaba un margen: en los últimos milisegundos antes del acto, la persona podía vetarlo. El impulso ya estaba en marcha antes de sentirlo; frenarlo, en cambio, seguía disponible hasta el final. Es una idea rara y modesta a la vez: que la parte más humana de la voluntad no sea el arranque sino el freno. Cuánto de lo que hacemos todos los días —el mensaje que casi se manda, el paso que casi se da, la palabra que ya estaba en la boca— vive exactamente en ese margen de milisegundos donde algo empezó y todavía se puede no terminar.
Conviene decirlo sin solemnidad: el experimento tiene más de cuarenta años, la medición del instante subjetivo por un reloj giratorio es frágil —pedirle a alguien que lea un punto de luz mientras introspecciona ya deforma lo que mide—, y trabajos posteriores sugieren que el potencial de disposición podría explicarse, al menos en parte, como ruido neuronal acumulado antes de un umbral, una fluctuación más que un plan trazado en secreto. El intervalo entre el cerebro que empieza y el yo que se entera sigue ahí, desnudo, sin la metafísica que se le agregó después. Se cierra, si acaso, con la mano que ya se movió o con la mano que, a último momento, se quedó quieta.
Fuente: Libet, B., Gleason, C. A., Wright, E. W. & Pearl, D. K., «Time of conscious intention to act in relation to onset of cerebral activity (readiness-potential)», Brain, vol. 106, n.º 3, 1983. DOI: https://doi.org/10.1093/brain/106.3.623