Quién espera a quién

Lo que revela la jerarquía no es la demora en sí. Es que la demora no necesite explicación.

En la sala de espera del consultorio hay un reloj y hay una silla, y solo uno de los dos está trabajando. El turno era a las cuatro. Son las cuatro y treinta y cinco. La mujer que llegó diez minutos antes por las dudas ya leyó dos veces la etiqueta del matafuegos, ya calculó cuánto le queda del estacionamiento, ya escribió y borró un mensaje avisando que va a llegar tarde a lo siguiente. Son cuarenta minutos de su vida y los está pasando sentada mirando una puerta. Cuando por fin la llamen, nadie va a mencionarlos, y ella tampoco: ese silencio es el modo correcto de tratar ese tiempo, y todos en la sala lo saben sin haberlo hablado.

Hay un cálculo que se hace en todas partes y no aparece escrito en ningún lado. El que necesita algo llega antes. El que puede darlo llega cuando puede. El candidato espera veinte minutos en una recepción con una carpeta sobre las rodillas; el que va a entrevistarlo entra con un café y dice que se le complicó la mañana, y eso alcanza, y nadie pide más. El proveedor deja el auto en doble fila y sube. La llamada que se atiende al primer tono y la que se devuelve el jueves pertenecen a dos personas distintas, y podrías adivinar cuál es cuál sin conocerlas. Es una contabilidad perfecta hecha por gente que jamás la aprendió: nadie firmó nada y sin embargo se cumple con la precisión de una ley física.

Lo que revela la jerarquía no es la demora en sí. Es que la demora no necesite explicación. Después de eso el asunto sigue abierto, porque la disculpa que sí llega hace algo raro: quien avisa que se atrasa te da los datos para reorganizar tu tarde, y al dárselos reconoce que tu tarde existía y tenía una forma antes de que él la tocara. Los que esperan siguen haciendo cosas mientras esperan —contestan mensajes, miran el teléfono, ensayan lo que van a decir—, y eso les da algo que hacer con las manos. La silla de la sala de espera está siempre orientada hacia la puerta por donde va a salir alguien.

Mirá el próximo mensaje que envíes y no te contesten en el día. Fijate qué hacés con esas horas: si abrís la conversación de nuevo para verificar que se entregó, si escribís algo y lo dejás en aprobado, si pensás en la persona más veces de las que ella pensó en vos. Y después mirá el mensaje que alguien te mandó a vos y todavía no contestaste, y pensá en la pantalla del otro lado, encendiéndose en una mano que no es la tuya. En algún lugar entre esas dos escenas está la respuesta a una pregunta que ninguno de los dos hizo en voz alta: cuál de los dos ajusta su día al del otro.

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