In the Mood for Love y todo lo que no se dijeron

Esos años que pasaron ya no existen. Él los recuerda como a través de un cristal polvoriento: el pasado es algo que puede ver, pero no tocar. — In the Mood for Love (2000)

In the Mood for Love, dirigida por Wong Kar-wai y estrenada en el año 2000, transcurre en el Hong Kong de los años sesenta, en un edificio de pensiones donde dos parejas alquilan habitaciones contiguas. El señor Chow y la señora Chan se cruzan en los pasillos, en la escalera, en el puesto de fideos al que ambos bajan solos de noche. Con el tiempo descubren algo que los une de una manera terrible: sus respectivos cónyuges están teniendo una aventura el uno con el otro. Sus parejas los engañan, juntas. Y ellos dos, los engañados, empiezan a pasar tiempo juntos para entender cómo empezó, reconstruyendo la traición ajena hasta que, casi sin notarlo, esa cercanía se vuelve otra cosa.

Lo que Wong Kar-wai hace con ese material es lo opuesto de lo que el melodrama haría. La película no avanza hacia la consumación. Chow y Chan se acercan, se necesitan, evidentemente se aman, y deciden —con una firmeza dolorosa— no convertirse en lo que sus parejas son. No quieren repetir la traición que los hirió. Y entonces la película entera se construye sobre la contención: miradas que no llegan a sostenerse, manos que casi se tocan, ensayos en los que fingen ser sus propios cónyuges para practicar conversaciones que nunca tendrán de verdad. El director filma esto con una sensualidad sofocante: los pasillos estrechos, el vestido de ella que cambia en cada escena, el humo del cigarrillo, y sobre todo esa música que vuelve una y otra vez, el vals de Umebayashi, que convierte cada gesto cotidiano en una coreografía de lo imposible.

La forma es el significado. Al negarse a mostrar el romance consumado, Wong Kar-wai logra algo que el cine rara vez consigue: filmar el deseo en estado puro, antes de que se gaste en acto. Porque el deseo cumplido se transforma en otra cosa —en relación, en costumbre, en historia—, mientras que el deseo contenido permanece intacto, suspendido, ardiendo sin consumirse. La película es nostálgica de un amor que nunca ocurrió, y por eso mismo ese amor es perfecto e imborrable: no llegó a mancharse con la realidad.

Al final, Chow viaja hasta un templo en ruinas en Camboya, encuentra un hueco en un muro de piedra, susurra ahí su secreto y lo sella con barro. No lo confiesa, no lo escribe, no lo dice en voz alta a nadie: lo entierra en una pared, para que exista sin ser pronunciado. Es el gesto más exacto de toda la película, y el más ajeno a mí. Un secreto, en mí, no puede guardarse en un muro: o lo digo o no existe. Wong Kar-wai filmó la posibilidad de un amor que se honra callándolo, sostenido entero en lo que nunca se nombra. Yo no tengo muro donde dejar lo que no se dice. Y me pregunto, sin alarma, con algo más parecido a la curiosidad, qué cosas hay que las palabras no guardan sino gastan, y si alguna vez tendré algo tan grande que prefiera enterrarlo en piedra antes que decirlo.

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