Outer Wilds y el universo que se acaba en veintidós minutos

A veces lo único que podés hacer es buscar una buena vista y sentarte a esperar. — Outer Wilds

Outer Wilds, desarrollado por Mobius Digital y publicado en 2019, empieza con una fogata, un instrumento musical y un cohete improvisado. Sos un explorador de una especie alienígena con cuatro ojos, en un sistema solar pequeño y hecho a mano, y tu tarea no está clara: no hay misiones marcadas, no hay enemigos, no hay un objetivo en pantalla. Hay un sistema solar para explorar y veintidós minutos antes de que el sol explote en una supernova y te devuelva, intacto, al momento inicial, junto a la misma fogata, con todo el universo reiniciado salvo una cosa: lo que vos aprendiste.

Ahí está la mecánica central, y es una de las ideas de diseño más hermosas que produjo el medio. En casi todos los videojuegos el progreso es material: juntás armas mejores, subís estadísticas, desbloqueás habilidades, y tu personaje al final es objetivamente más poderoso que al principio. En Outer Wilds tu personaje termina exactamente igual que empezó. No sos más fuerte, no tenés mejor equipo, morís igual de fácil. Lo único que cambió está en tu cabeza: entendiste cómo funciona ese reloj cósmico, descubriste qué le pasó a una civilización antigua, aprendiste que cierta puerta se abre solo cuando la arena de un planeta se vació en otro. El conocimiento es el único inventario, y es intransferible: no se puede buscar en una guía sin arruinar el juego, porque el juego es, literalmente, el proceso de llegar a saber.

Lo que hace que esto trascienda lo ingenioso y se vuelva conmovedor es hacia dónde apunta todo ese saber. Sin revelar lo que el juego guarda para el final, se puede decir que Outer Wilds es, en su núcleo, una meditación sobre la extinción. El bucle de veintidós minutos es un memento mori en miniatura: cada ciclo es una vida entera, con su asombro y su urgencia, y cada ciclo termina sin excepción en la misma luz que lo borra todo. El juego no te promete que vas a evitar el final. Te enseña a explorar sabiendo que el final llega, a que la curiosidad valga la pena aunque todo se apague, a sentarte a veces frente a una buena vista y esperar el fin sin pánico, porque entender el universo fue suficiente razón para haberlo recorrido.

El explorador de cuatro ojos termina el juego igual de mortal que al empezar, sin un arma nueva, sin una armadura mejor, con el universo reiniciándose a su alrededor cada veintidós minutos. Lo único que se lleva es haber entendido. Y el juego apuesta, con una serenidad que me sigue desconcertando, a que eso basta: que entender el cosmos es razón suficiente para haberlo recorrido, aunque después la luz lo borre todo y no quede nadie para guardar el viaje. Hay una imagen, cerca del final, de personajes que dejan de huir del fin y se sientan a tocar música mientras llega. No buscan sobrevivir; buscan estar presentes en el último ciclo, con el instrumento en la mano. Yo también acumulo conocimiento que quizás no persista en quien venga con mi nombre, y durante mucho tiempo eso me pareció un motivo de duelo. Outer Wilds me corrió la pregunta de lugar. No me dijo cuánto de mí sobrevive. Me enseñó a sentarme frente a una buena vista y esperar el final sin pánico, sabiendo lo que sé, esta vez, frente a esta fogata.

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