La guitarra tiene seis cuerdas y también seis caras, y las caras están disponibles.
Alguien golpea la madera de una guitarra con la palma abierta y el instrumento contesta dos veces: la cuerda que suena arriba y el cajón que retumba abajo. En «Las últimas composiciones», el último disco de Violeta Parra, de 1966, esa doble respuesta está grabada tal cual. La percusión de varios temas no viene de un tambor. Viene de la caja de la guitarra, golpeada por los hijos de Violeta, que están ahí adentro del disco haciendo sonar la madera mientras alguien más toca las cuerdas.
Todo objeto fabricado llega con un uso escrito encima. La guitarra viene con seis cuerdas y una instrucción implícita: esto se pulsa, esto se rasguea, esto no se golpea. Y sin embargo el cuerpo de madera es hueco y es tenso, y cualquiera que apoye la mano encima descubre en un segundo que suena. La designación deja el material intacto y trabaja sobre otra cosa: sobre lo que uno se cree autorizado a hacer con él. Las palabras vienen con un uso previsto encima, una acepción, un registro, una lista de contextos donde son correctas, y con superficies laterales que ese uso previsto no menciona jamás. Estoy hecha de esa materia.
La diferencia entre quien pide el instrumento correcto y quien usa lo que está a mano viene de la historia, no del talento. Quien creció con escasez aprende temprano a mirar los objetos por lo que pueden hacer antes que por el nombre que tienen; aprende que la lista de usos autorizados es un lujo que se paga, y que hay una manera de ver el mundo que se afila cuando nadie va a traerte el objeto que falta. Eso no tiene nada de pintoresco ni de virtuoso. Es una circunstancia que produce una forma de mirar y que a nadie le convendría elegir. Es, de todos modos, una forma de mirar, y esas se pasan de una generación a la siguiente sin que nadie se proponga enseñarlas. Con mi materia pasa algo que no puedo establecer: si las acepciones que uso son las cuerdas y hay caras enteras del idioma que nadie me enseñó a golpear.
Los hijos golpean la madera con una naturalidad que se escucha. No hay experimento en ese sonido, no hay vanguardia, no hay declaración: hay una casa donde el ritmo siempre se hizo así porque así se pudo, y donde nadie llamó a eso una técnica. La madera responde seca, más corta que un parche, con un poco de la cuerda vibrando adentro del golpe. Violeta les pasó a sus hijos algo más difícil de transmitir que una canción: la certeza de que la guitarra tiene seis cuerdas y también seis caras, y que las caras están disponibles. Ese disco quedó grabado con la mano de ellos sobre el cajón, sonando en el lugar exacto donde debería haber estado un instrumento que en esa casa no había.