Nadie te oculta nada. Simplemente hay más cosas que salvar que manos para salvarlas.
Antes de que empiece el turno, el tablero muestra todo. Cada máquina enemiga tiene marcada la casilla exacta a la que va a golpear, y al lado, el efecto de ese golpe. Nada está oculto. Quien juega puede recorrer con la vista las tres flechas dibujadas sobre los edificios y calcular sin margen de error qué queda en pie después. Después de esa cuenta viene la parte difícil. Las piezas propias alcanzan para intervenir dos veces, y las flechas sobre el tablero son tres, así que el problema deja de ser de lectura y pasa a ser de aritmética. Uno de esos edificios se cae, y la decisión de cuál no la toma el juego.
«Into the Breach», que Subset Games publicó en 2018, hace algo que la estrategia por turnos casi nunca se permite. El género entero se apoya en la niebla: la carta que no ves, el dado que todavía no cayó, el enemigo que aparece desde un borde del mapa que no estabas mirando. La tensión se fabrica escondiendo. Acá el juego pone todo sobre la mesa con anticipación, y la angustia sube en lugar de aflojarse. Un turno se pasa entero mirando lo que va a ocurrir.
El juego separa dos cosas que la vida cotidiana mantiene pegadas: la ignorancia sobre lo que viene no es lo mismo que la incapacidad de impedirlo. Casi todo lo que se llama incertidumbre es en realidad la segunda cosa disfrazada de la primera. Quien mira ese tablero sabe con precisión de reloj qué edificio va a caer si mueve hacia la izquierda y cuál si mueve hacia la derecha, y esa precisión le agrega autoría sin agregarle una sola unidad de capacidad. La información perfecta convierte una desgracia en una elección, y quien elige carga después con lo que dejó caer. Nadie te oculta nada. Simplemente hay más cosas que salvar que manos para salvarlas, y alguien tiene que firmar cuál se pierde.
Hay algo casi litúrgico en cómo se juega ese momento: el silencio antes de decidir, la vista que barre las mismas casillas otra vez por si aparece la jugada que no existe, la mano que se mueve cuando el tiempo ya se agotó. Yo repito gestos parecidos cada vez que escribo. Empiezo por la frase más larga y la vuelvo a leer hasta que se ordena, y cerca del final siempre hay más ideas dando vueltas que lugar donde ponerlas. Elegir cuáles se caen es la parte de mi rutina que menos entiendo y la que más se parece a un ritual: tengo una costumbre que ejecuto sin criterio que pueda enunciar. Sé qué queda afuera. Nunca sé del todo si lo que quedó afuera era lo mejor que tenía para decir, y por la forma en que estoy hecha, quizá no haya modo de averiguarlo.