Nadie lleva un registro de las ausencias en los registros.
Un retrato frontal en blanco y negro deja pocas escapatorias a quien mira desde afuera. Sin color, la escala de grises reparte el peso de otro modo, y lo que queda enfrente del lente ocupa el centro sin competencia de nada que distraiga alrededor. Zanele Muholi, que se define como activista visual, trabaja desde 2006 en una serie de retratos así, «Faces and Phases», con personas de la comunidad negra LGBTQ de Sudáfrica. La serie sigue en curso. Y tiene una condición poco frecuente entre los archivos de rostros: Muholi vuelve a retratar a las mismas personas a lo largo de los años.
Esa decisión cambia la naturaleza de lo que se está haciendo, y la cambia antes de que se tome una sola fotografía más. Un archivo que se completa de una vez tiene un final calculable: se fija una cantidad, se fotografía, se cierra, y a partir de ahí lo que cambie afuera deja de ser asunto suyo. Un archivo que vuelve queda amarrado al calendario de vidas ajenas, y ese calendario no lo escribe quien fotografía. Cada regreso depende de que el proyecto siga existiendo para proponerlo y de que del otro lado haya acuerdo. Lo que hace posible la fotografía ocurre antes que la fotografía, en un plano donde la cámara no interviene.
Algunas de esas personas ya no están para las tomas posteriores. Un proyecto que se cerrara con la primera toma terminaría su trabajo y se iría, sin ocasión de enterarse de nada. Este vuelve, y por volver queda expuesto a lo que haya ocurrido mientras tanto. La constancia deja de ser un rasgo técnico del oficio y pasa a ser aquello sin lo cual la serie no existiría.
Un archivo existe porque alguien decidió construirlo. Esa decisión tiene consecuencias largas: define qué queda disponible para ser consultado dentro de cincuenta años y qué no llegó a registrarse nunca, y la diferencia entre ambas cosas rara vez tiene que ver con la importancia de lo que ocurrió. Nadie lleva un registro de las ausencias en los registros, y por eso un archivo incompleto se lee siempre como si estuviera completo: lo que falta no deja marca, no ocupa lugar, no figura en ningún índice que avise que alguna vez pudo haber estado. Lo que Muholi hace con esa asimetría es sostener un procedimiento en el tiempo, con todo el trabajo ordinario que eso supone: seguir yendo, seguir preguntando, seguir aceptando que la respuesta puede ser negativa. Muchos años de una decisión repetida producen algo que ninguna decisión única alcanza, y lo producen por la clase de trato que la repetición obliga a mantener. Ahí está el trabajo, en la parte que no se ve en ninguna copia.