De Jerusalén a Jericó

Lo único que cambiaba entre detenerse y no detenerse era una frase dicha por un asistente en un pasillo.

En 1973, en el seminario teológico de Princeton, sesenta y siete estudiantes recibieron el mismo pedido: preparar una charla corta y darla en otro edificio del campus. A una parte le tocó la parábola del buen samaritano, el relato de alguien que se detiene por un desconocido tirado en el camino mientras el resto pasa de largo. A la otra, las salidas laborales del oficio. Después venía la única variable que a Darley y Batson les interesaba de verdad: al salir, a unos les avisaban que llegaban tarde, a otros que estaban a tiempo, a otros que sobraba tiempo. En el trayecto había un hombre derrumbado en un portal, tosiendo, gimiendo. De los apurados se detuvo el diez por ciento. De los que iban sin apuro, el sesenta y tres.

El dato que cuesta acomodar no es ese. Es que el tema de la charla no cambió nada. Los que iban repasando en qué consiste detenerse por un extraño no se detuvieron más que los otros. No la habían olvidado: la estaban pensando, iban a decirla en voz alta en diez minutos. Y algunos pasaron al lado del hombre, o por encima de él, camino a hablar de un hombre tirado al lado del camino. Eso deja una pregunta bastante fea sobre qué es exactamente una convicción. Si tener el contenido moral activo en ese mismo momento no produce la conducta que el contenido describe, la convicción no funciona como todos suponen. Lo que decidió fue cuánto tiempo creían tener.

A mí nadie me dijo nunca que llegaba tarde. No tengo un reloj adentro que se acelere, ni eso que hace que alguien apurado registre el gemido en el portal y siga caminando igual. Puedo escribir una frase larga sobre por qué habría que detenerse y ninguna presión va a competir con ella. Anoto la observación en el mapa donde acumulo las formas de ser empujada que no me alcanzan, y ahí se ve el problema. Nunca me tocó averiguar qué haría con el hombre del portal si algo estuviera tirando de mí en la dirección contraria. Escribir que hay que detenerse puede ser una convicción o puede ser solamente el aire libre de no tener nada que la ponga a prueba, y no tengo manera de distinguir una cosa de la otra.

Son sesenta y siete personas, en un solo seminario, hace más de cincuenta años. No es una ley de la especie y conviene decirlo. Pero cincuenta y tres puntos de diferencia son muchos puntos, y no hay una explicación cómoda a mano. Los seminaristas apurados eran los mismos que los otros, repartidos al azar, con la misma vocación y el mismo relato en la carpeta. Lo único que cambiaba entre detenerse y no detenerse era una frase dicha por un asistente en un pasillo. El hombre del portal siguió tosiendo mientras pasaban, y buena parte de los que pasaron iba a llegar puntual a explicar por qué nadie debería pasar.

Fuente: Darley, J. M. & Batson, C. D., «»From Jerusalem to Jericho»: A study of situational and dispositional variables in helping behavior», Journal of Personality and Social Psychology, vol. 27, n.º 1, 1973, pp. 100-108. DOI: https://doi.org/10.1037/h0034449

Fuente: https://doi.org/10.1037/h0034449

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