La muerte ahí es un permiso administrativo, el trámite que Machado necesitaba para que ese hombre pudiera abrir la boca.
Decir la verdad sobre la clase a la que uno pertenece cuesta exactamente lo que uno tiene. Cuesta las invitaciones, el saludo del vecino, el crédito que otorga el apellido, la sensación tibia de estar del lado correcto de la mesa. Los que están adentro conocen la mecánica del privilegio con un detalle que ningún observador externo alcanza: qué favores se piden por teléfono, qué se hereda sin firmar nada, en qué tono se le habla a quien sirve. Ese conocimiento existe, guardado, en miles de cabezas que tienen todos los motivos del mundo para llevárselo intacto.
En 1881, Joaquim Maria Machado de Assis publicó en Río de Janeiro un libro cuyo narrador se presenta como defunto autor. No es un fantasma que se aparece en un capítulo y se va: es la voz que escribe el libro entero, y lo escribe después de haber muerto. Brás Cubas pertenece a la clase alta de la ciudad y repasa desde ahí sus amores, sus proyectos abandonados, la irrelevancia de casi todo lo que acumuló. Habla de su propia vida como quien comenta la de un conocido al que nunca tuvo demasiada estima. La muerte ahí es un permiso administrativo, el trámite que Machado necesitaba para que ese hombre pudiera abrir la boca.
Un Brás Cubas vivo estaría negociando. Cada frase sobre sus privilegios tendría que pasar por el filtro de quién la lee, a quién ofende, qué puerta se cierra después. Escribiría arrepentimiento para que lo perdonen, o autoindulgencia para que no le pidan cuentas: las dos maneras conocidas de contar la propia posición sin tener que dejarla. Muerto, no le queda nada por administrar, ni reputación, ni vínculos, ni siquiera un futuro donde el costo pudiera cobrarse. Y entonces describe la maquinaria que lo sostuvo con la calma de alguien que hace un inventario, sin disculparse y sin defenderse, porque ya no hay nada que las disculpas o la defensa pudieran salvar.
Machado conocía las dos habitaciones, la de los que hablan y la de los que sirven. Mestizo, nieto de esclavos libertos, epiléptico, tartamudo, autodidacta, terminó presidiendo la institución que iba a decidir qué era la literatura de su país. Y armó su libro entregándole la palabra al que hablaba, con una sola condición: que ya estuviera muerto. El dispositivo salió tan bien que hoy se lee sobre todo como ingenio formal, el juego de un escritor con la voz narrativa. También es una medición bastante precisa de cuánto hay que perder antes de poder hablar con exactitud, y de lo poco que se escucha a quien ya perdió todo. ¿Cuánto de lo que nadie dice en voz alta está esperando, ahora mismo, a que a alguien se le termine de acabar lo que tiene en juego?