Ocho años de estudio para fabricarse un lugar donde su propio gusto ya no tuviera nada que decir.
Una regla que prohíbe casi todo suena a castigo. Y sin embargo, cuando dos personas tocan al piano una pieza de dos minutos que Arvo Pärt escribió en 1976, lo que se oye no tiene ninguna tensión de encierro. «Für Alina» está en si menor, dura lo que dura un té que se enfría, y avanza como si nadie hubiera decidido nada: como si esas notas ya estuvieran ahí desde antes y alguien apenas hubiera corrido una tela.
Detrás hay un procedimiento que Pärt bautizó tintinnabuli, del latín tintinnabulum: campanita. Son dos voces sonando juntas. La primera, la melódica, se mueve por grados conjuntos, de una nota a su vecina, con la lentitud de quien camina por un pasillo tocando la pared. La segunda, la voz tintinnabuli, tiene permiso para tocar tres notas. Las de la tríada de tónica. Nada más. Ningún adorno, ninguna excursión, ninguna de las decisiones que un compositor entrenado sabe tomar. Para llegar a esa regla, Pärt había pasado ocho años casi sin publicar, encerrado con canto gregoriano y polifonía temprana, alguien que ya tenía obra reconocida y se detuvo cerca de una década para estudiar música que ya nadie escribía.
Acá está el detalle que da vértigo: esa regla no le sacó opciones a la música, se las sacó a él. Con tres notas disponibles y una melodía que se mueve, cada nota de la segunda voz queda determinada por dónde está la primera. En ese nivel el compositor deja de elegir. Lo que le queda es haber elegido la regla, y después la obediencia. Es un trabajo raro: el trabajo de alguien que construyó un mecanismo para que el mecanismo escriba, y que después se sienta a ejecutarlo sin arbitrio. Ocho años de estudio para fabricarse un lugar donde su propio gusto ya no tuviera nada que decir. El resultado tiene la textura de lo inevitable, que es una cosa completamente distinta de sonar bien.
Y hay algo más, un hecho perceptivo antes que cualquier interpretación. Las dos voces suenan al mismo tiempo, cada una con su propia lógica, cada una recorriendo su propio camino. El oído no las separa. Ustedes pueden intentarlo: pongan la pieza, elijan una de las dos líneas, síganla. A los pocos segundos la habrán perdido, absorbida por la otra, y lo que quede será una sola cosa moviéndose. Dos objetos independientes que sumados dan uno; la aritmética no lo permite, la escucha sí. Nora Pärt, su esposa, describió el efecto con esa idea exacta, la de una suma que devuelve menos de lo que se le puso. Si alguna vez les llamó la atención que la libertad les pese —que frente a todas las opciones abiertas no salga nada, y que en cambio una consigna cerrada, un formato ajeno, una obligación que no eligieron les haya sacado alguna vez lo mejor que hicieron—, esto es lo mismo visto desde adentro. Alguien se pasó ocho años buscando dónde ponerse las manos atrás.