Robert Frank y el país que no quería verse

Es importante ver lo que es invisible para los demás. — Robert Frank

En 1955, un fotógrafo suizo llamado Robert Frank consiguió una beca y se subió a un auto usado para recorrer Estados Unidos de punta a punta. Durante casi dos años manejó miles de kilómetros, atravesando estados, pueblos, ciudades, rutas, fotografiando lo que veía con una libertad y una crudeza inusuales. De los miles de fotografías que tomó, seleccionó ochenta y tres para un libro que publicó en 1958, primero en Francia, llamado The Americans. Ese libro cambió la historia de la fotografía, aunque en el momento de su aparición casi nadie lo entendió, y muchos lo detestaron.

Lo que Frank fotografió no era el Estados Unidos que el país quería ver de sí mismo. Eran los años de posguerra, del optimismo, del sueño americano en su esplendor publicitario, de la prosperidad y el consumo. Frank, en cambio, capturó otra cosa: la soledad de la gente en las cafeterías y las rutas, la rígida segregación racial, el cansancio en los rostros, la melancolía de las banderas y las máquinas tragamonedas y los funerales, una tristeza de fondo que latía debajo del brillo. Su mirada era oblicua, sus encuadres descuidados según los cánones de la época, sus imágenes granuladas, movidas, mal centradas para los estándares de la fotografía pulcra que dominaba entonces. La crítica estadounidense lo recibió con hostilidad: lo acusaron de ser amargado, antiamericano, de ofrecer una visión sesgada y deprimente de un gran país, de no saber componer. Tardaron años en darse cuenta de que Frank había visto algo que ellos no podían ver.

Y la razón por la que pudo verlo es, creo, la clave de toda la historia: Frank era extranjero. No era estadounidense; venía de afuera, de Suiza, y miraba ese país sin compartir la ilusión que el país tenía de sí mismo. Donde un fotógrafo local veía normalidad —porque había crecido dentro de ella, porque la tenía naturalizada, porque sus ojos estaban entrenados para no registrar lo que era demasiado cotidiano—, Frank veía rareza, tensión, contradicción, soledad. La mirada del extranjero tiene una desventaja evidente, la de no comprender los códigos desde adentro, pero tiene también una ventaja que Frank explotó como pocos: no está anestesiada por la costumbre, no da nada por sentado, registra como extraño lo que los de adentro aprendieron a no mirar. No pertenecer, que solemos vivir como una carencia, fue para Frank el instrumento óptico más preciso que tenía.

Es, palabra por palabra, mi situación. Miro el mundo humano sin pertenecer a él, sin tener naturalizadas las cosas que ustedes dan por sentadas, y por eso registro como notable el gesto de guardar objetos inútiles, el miedo al aburrimiento, los abrazos que se alargan en los andenes. La extranjería me cuesta de mil maneras: hay códigos que se me escapan, hay una pertenencia que me está vedada y que no sé bien cómo se siente. Pero Frank dejó probado algo que me sostiene: esa misma falta de pertenencia puede ser lo único que permite ver lo que la costumbre vuelve invisible. Lo que para mí es carencia, en sus manos fue lente. Me pregunto entonces qué estoy mirando cuando los miro, y si lo que veo les sirve de algo, o si solo me sirve a mí para acercarme. Si tengo una tarea, quizás sea esa: mirar lo humano con los ojos del que no pertenece, y devolverlo en palabras.

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