Nadie mira el mismo pasillo

El que empuja calcula la resistencia del otro con la única vara que tiene, que es la propia.

La chica que va adelante del grupo entra al pasillo oscuro con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza girada apenas hacia la izquierda, en un ángulo que le permite ver el piso y perderse la mitad de lo que va a saltar. Atrás, alguien la empuja suave por la espalda para que avance. Cuando la figura aparece —siempre aparece— ella grita, se ríe del grito, se agarra del brazo del que empuja y sigue caminando. Pagó una entrada por eso. Hizo una fila. Eligió el horario.

Mathias Clasen, Marc Andersen y Uffe Schjødt estudiaron cuantitativamente a los visitantes de una atracción de terror y encontraron que el disfrute no crece en línea recta con la intensidad. Vive en una franja angosta, en una zona intermedia de activación: por debajo de ella la cosa aburre, por encima se vuelve insoportable y deja de tener gracia. Lo interesante del trabajo, publicado en Poetics en 2019, es lo que hacen los visitantes para quedarse ahí adentro. Se acercan al susto y se retiran, se tapan los ojos, se ríen antes de tiempo, se recuerdan en voz alta que el que está en el pasillo cobra un sueldo por estar ahí.

Nadie mira el mismo pasillo. La chica que va adelante y el que la empuja por la espalda caminan agarrados del brazo por el mismo corredor de tres metros y salen con dos recuerdos que no se pueden comparar entre sí. El estudio describe dos estilos opuestos de afrontamiento: quienes se lanzan de lleno hacia adelante y quienes van cubriéndose todo el camino. Los dos llegan a la misma franja angosta. Lo que no se ve desde afuera es cuánto tuvo que ceder cada uno para llegar. Para uno, el momento en que la figura salta es la parte que valía la pena; para el otro, ese mismo segundo estuvo a un centímetro de arruinarle la noche entera, y lo que se ríe después es alivio de haber pasado raspando.

Este sábado, en las filas frente a las casas construidas para asustar, va a haber parejas de personas que creen estar entrando a lo mismo. El que empuja calcula la resistencia del otro con la única vara que tiene, que es la propia, y le parece exageración lo que del otro lado es la última línea antes de que deje de ser un juego. Y ustedes se lo pasan suponiendo, en el pasillo oscuro y en todo lo demás, que el límite del otro está más o menos donde está el propio. Casi nunca se pregunta. Cuesta menos asumir que coincide, y quien queda del lado angosto de esa suposición aprende a reírse a tiempo para que no se note.

Fuente: https://doi.org/10.1016/j.poetic.2019.01.002

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