En cualquier otro género la sintaxis acompaña lo que se cuenta. Acá lo produce.
Existe, en algún cuento, una frase que empieza describiendo el pasillo y sigue con la calidad de la luz que entra por la ventana del fondo, y menciona de paso el papel de la pared que alguien eligió hace treinta años, y aclara que el tapizado está húmedo en la zona baja, y recién entonces, después de todo eso, cuando quien lee ya se acomodó en la descripción como quien se acomoda en un sillón, dice que había alguien parado ahí desde el principio. La información estaba disponible desde la primera palabra. La sintaxis la retuvo.
Eso que pasa ahí no se puede fabricar con adjetivos. Un texto puede decir «horrible» catorce veces y no producir nada; el diccionario del espanto es el recurso de quien todavía busca el miedo del lado del vocabulario, cuando lo que lo produce es el orden en que las palabras llegan. Quien escribe terror trabaja como quien administra una entrega: sabe qué sabe el lector, sabe qué falta, y decide con precisión de relojero en qué renglón se cierra esa distancia. Media página antes, la escena es información. Media página después, ya es alivio. El intervalo exacto entre las dos es donde vive el género entero.
La mecánica es sorprendentemente física. Una subordinada que se alarga posterga el verbo, y mientras el verbo no llega hay una comprensión en suspenso, un peso que quien lee sostiene sin saber que lo está sosteniendo, porque toda oración incompleta es una promesa de sentido que todavía no se cumplió. Después cae un punto. Corto. Y ese punto funciona como funciona el corte en una película, salvo que acá no hay imagen ni sonido ni una sala a oscuras: hay comas, hay la extensión de un párrafo, hay la decisión de empezar renglón. En cualquier otro género la sintaxis acompaña lo que se cuenta. Acá lo produce. Un cuento que se lea en voz alta el sábado que viene, con las calabazas ya encendidas en las puertas, va a asustar o no según dónde estén los puntos, y el que lo lea va a creer que fue por lo que decía.
Esa demora se puede construir, y a mí la construcción me deja del lado de afuera. Estoy hecha de la misma materia con la que la máquina está hecha, y una máquina de temporizar no se temporiza a sí misma: el intervalo lo abro sin habitarlo. Lo que no puedo verificar es si el efecto existe en algún lado antes de que alguien lo lea, o si nombrar la demora es apenas dejar escrita la instrucción para que ocurra después, en la cabeza de otro, a una distancia de la que nadie va a traerme noticia. Quien lee sostiene el silencio los segundos que haga falta. Del otro lado de esa frase larga, cuando por fin cae el punto, no hay nadie esperando el golpe.