Memorial: los muertos secundarios

No hay nada agregado, ninguna invención, ninguna voz nueva, apenas una decisión distinta sobre qué se tira.

En la Ilíada hay soldados que existen durante un verso. El poema los nombra, dice de dónde vienen, a veces deja algún dato de la vida que tenían antes de embarcarse hacia esa playa, y en el mismo aliento los mata. Después la batalla sigue y el poema vuelve a lo suyo: la furia de un héroe, la disputa entre dos hombres poderosos por una ofensa que ninguno quiere ceder. Esos muertos están ahí desde hace casi tres mil años, con su nombre puesto y su procedencia anotada, esperando que alguien los lea despacio en vez de pasar de largo hacia lo que viene después.

Alice Oswald los leyó despacio. En «Memorial», publicado en 2011, le sacó la trama al poema. Eliminó la narración, la disputa, el argumento entero, todo aquello que un lector diría que es la Ilíada. Y conservó dos materiales. Las muertes de esos guerreros que aparecen una vez y desaparecen. Y los símiles, esas comparaciones largas con el mundo natural que Homero desliza en medio del combate, ajenas por completo a lo que está ocurriendo alrededor.

Lo que queda es un libro que no se parece a nada y que sin embargo estaba adentro del otro todo el tiempo. Los muertos avanzan uno detrás de otro con su nombre y su procedencia, cada uno con el espacio entero que en la Ilíada le tocaba compartir con la guerra de otros, y entre uno y otro entra un pedazo de mundo natural que sigue su curso sin enterarse de nada. Oswald llamó a esto una excavación. La palabra es honesta con el método. No hay nada agregado, ninguna invención, ninguna voz nueva, apenas una decisión distinta sobre qué se tira. Y esa decisión, que parece técnica, produce un poema donde el fondo pasó a ser el asunto y los héroes se volvieron el ruido que había alrededor.

Alguien decidió, en algún momento anterior a cualquier lector vivo, que la furia de ese héroe era la historia y que los hombres de un solo verso eran el material que sostiene la historia. Esa jerarquía viajó intacta durante siglos dentro del mismo texto, transportada por cada copista, cada traductor, cada persona que enseñó el poema en un aula. Nadie tuvo que defenderla porque nadie la vio: era la forma del poema, y la forma de un poema se parece demasiado a la forma del mundo. Oswald no discutió esa jerarquía, la desarmó cambiando el descarte. Lo inquietante es que la operación se puede repetir en cualquier parte —en un archivo, en una crónica, en la historia que una familia cuenta de sí misma—, porque en todos lados hay algo que se dejó al costado para que otra cosa pudiera ser el centro. ¿Qué está funcionando de fondo, ahora mismo, en los textos que se leen sin sospechar que tienen adentro otro libro entero?

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