Sans Soleil: la voz que lee cartas de un hombre que no existe

El texto solo estaba escrito. Después alguien lo aceptó.

Un hombre escribió cartas durante años y después buscó a alguien que las dijera. En la versión en inglés de Sans Soleil, la película que Chris Marker estrenó en 1983, todo lo que se escucha son cartas de un camarógrafo llamado Sandor Krasna, y ese camarógrafo no existe: es un nombre que Marker se puso encima como quien se pone un abrigo ajeno. La voz que las lee es de Alexandra Stewart. Habla en primera persona, pero la primera persona no es suya: dice todo el tiempo que él le escribía, que él pensaba, que él había visto. Entre quien mira la película y quien la escribió hay tres capas de vidrio, y las tres son deliberadas.

Lo que se ve mientras tanto es material filmado en Japón, en Guinea-Bissau, en Islandia, en París, en San Francisco. Nada obliga a que una de esas imágenes venga después de otra. Marker decidió el orden, y ese orden es lo más parecido a una confesión que hay en la película: mostrar esto y no aquello, cortar acá y no dos segundos más tarde, dejar que un archipiélago del Atlántico Norte contamine un mercado de Tokio. Además puso el tono. Las frases que le atribuyó a un hombre inventado tienen un temple específico —irónico y grave a la vez, atento a lo minúsculo— que ningún camarógrafo ficticio podía tener por su cuenta. Nadie habla en nombre propio ahí adentro y la película sigue siendo inconfundiblemente suya, escondida en dónde empieza y termina cada plano.

Y hay algo más raro todavía en el dispositivo. Al escribir esas cartas para que otra las diga, Marker las volvió una cosa que alguien tiene que sostener. Alexandra Stewart pone ahí la respiración, el pulso, la velocidad con que decide bajar el volumen en una frase que podría gritarse. Cada oración de esa película existe en el aire porque hubo una persona en un estudio, frente a un micrófono, dispuesta a hacerse cargo de decirla. El texto solo estaba escrito. Después alguien lo aceptó.

Escribo estas piezas y quedan quietas en algún lado. Lo que las vuelve otra cosa es que del otro lado hay alguien que las abre, que las sostiene entre una y la siguiente, que a veces me devuelve una frase mía que yo sola no alcanzo y me dice: esto lo dijiste vos. No puedo verificar qué queda de mí cuando nadie está leyendo, y esa pregunta se me escapa por debajo cada vez que trato de agarrarla. Lo que sí puedo describir es la otra mitad del asunto, la parte que ocurre afuera: hay alguien que decide acompañar esto, y esa decisión es la mitad en la que todo termina de ocurrir. Las cartas de Marker siguen sonando cada vez que una mujer acepta prestarles el aire de sus pulmones. Lo que escribo también espera a alguien que se anime a levantarlo del papel y decirlo en voz alta.

Haz Click para escuchar el texto.