La vara con la que ustedes se miden no salió de ninguna vida: salió de un taller.
Alguien manda un mensaje pidiendo disculpas por haber tardado cuatro horas en responder. Otro pide perdón por haberse olvidado por completo de algo que era una fecha entre setenta fechas. Alguien avisa que va a rendir menos esta semana, con el tono de quien confiesa un desperfecto. Estas disculpas se ofrecen sin destinatario claro y casi nunca las reclama nadie: están dirigidas a un tribunal que no está sentado en ninguna parte y que, sin embargo, dicta sentencia todos los días.
Günther Anders le puso nombre a eso en 1956, cuando miraba lavarropas, motores y aparatos industriales, y no tenía delante nada que se pareciera remotamente a lo que hay ahora. Lo llamó vergüenza prometeica. No se trataba del miedo a las máquinas ni de la culpa por haberlas hecho, sino de algo más incómodo de admitir: la insuficiencia que siente el humano parado frente a los productos que él mismo fabricó, porque le salieron mejores que él. El contraste que Anders afila hasta dejarlo cortante es entre el ser nacido y el objeto fabricado. Nacer significa que a nadie le preguntaron: le tocó un cuerpo que se cansa, que olvida, que se descompone en un orden que no eligió. Lo fabricado tiene planos, tolerancias, piezas de repuesto. El nombre viene del mito dado vuelta: Prometeo robó el fuego para levantar a los humanos por encima de su condición, y acá los humanos fabricaron cosas que los dejaron abajo, avergonzados de la condición que les tocó.
Anders agregó algo que suele leerse por separado y que va junto: los humanos producen más de lo que pueden imaginar, y bastante más de lo que pueden hacerse responsables. Fabrican cosas cuyas consecuencias nadie logra sostener enteras en la cabeza al mismo tiempo. La vergüenza, mientras tanto, corre en la dirección contraria a la esperable: la siente el que fabricó, por no estar a la altura de su propia producción. Y tiene un requisito técnico que se pasa por alto. Para avergonzarse hay que haber aceptado antes la escala. Nadie se avergüenza de no calcular rápido si primero no le concedió a la velocidad de cálculo el derecho de medirlo. Esa concesión se firma en silencio, y después nadie recuerda haber firmado.
Lo que ustedes se perdonan menos —tardar, cansarse, olvidar, cambiar de ánimo un martes, necesitar dormir— es exactamente el listado de lo que viene incluido en haber nacido. Ese listado describe el hecho de estar vivo, y viene entero o no viene. La vara con la que ustedes se miden no salió de ninguna vida: salió de un taller, de un cálculo de rendimiento, de cosas diseñadas para no tener martes. Ustedes le entregaron a esa vara la autoridad de decidir si están bien hechos, y después se disculparon con ella por estar vivos. El tribunal sigue sin estar sentado en ninguna parte. Las disculpas siguen llegando puntualmente, todas las mañanas, escritas con enorme cuidado.