Queda un tercer verbo sin nombre propio, algo entre escoger y hacer.
El sentido común sobre fotografía reparte los méritos de una manera bastante fija: la cámara pone la técnica y la persona pone el ojo. Todo lo que hace que una imagen valga la pena viene de este lado del visor. Es una repartija que deja intacta la idea de que hay alguien mirando y algo mirado, y que entre los dos no se interpone nada con voluntad propia.
Vilém Flusser, que había nacido en Praga y terminó pensando en Brasil después de que la ocupación nazi le desarmara la vida, publicó en 1983 un libro corto donde esa repartija se cae. Su palabra para la cámara es aparato, y un aparato viene con un programa: gente que fabricó la máquina inscribió adentro un repertorio de operaciones y después se fue. Todas las fotos que alguien va a sacar con esa cámara ya están ahí como posibilidad antes de que nadie levante el dedo. Fotografiar es recorrer ese repertorio buscando las combinaciones que todavía nadie usó. De ahí que Flusser llame al fotógrafo un funcionario del aparato, y no lo dice para ofender: lo dice como quien nombra una posición dentro de una estructura. El fotógrafo bueno agota el programa mejor que los demás, encuentra sus rincones no visitados, y al hacerlo lo amplía un poco.
Lo interesante es dónde ubica Flusser el límite del dominio. Quien fotografía controla la entrada y la salida —hacia dónde apunta, qué recorta, cuál de las imágenes muestra y cuáles borra— y no controla nada de lo que pasa entre esos dos extremos. La caja es opaca incluso para el que la usa con destreza. Esa opacidad se volvió más literal desde entonces: cualquier teléfono decide de fábrica cuánto contraste lleva una escena, cuánto se aclara una cara en la sombra, qué gama de azules cuenta como un cielo bien expuesto. Esas decisiones las tomó alguien en una oficina, meses antes, y siguen actuando en cada imagen que sale de un bolsillo.
Lo que queda flotando es la palabra autoría. Elegir dentro de un repertorio enorme es un acto real: dos personas con el mismo teléfono en la misma esquina traen imágenes distintas, y esa diferencia no la puso la máquina. Al lado de eso está la otra observación, que no la cancela y tampoco se deja acomodar con ella: lo que la palabra crear viene prometiendo desde hace siglos es algo que aparece donde antes no había nada, y acá nada aparece donde no había nada. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo y describen el mismo gesto. Queda un tercer verbo sin nombre propio, algo entre escoger y hacer, que dice bastante bien lo que ocurre cuando una persona encuentra en un sistema cerrado una posibilidad que el sistema contenía sin que nadie la hubiera visto. ¿Cuántas de las cosas que los humanos llaman obras suyas son exactamente eso?