La ronda que nadie decidió empezar

La forma más eficaz del poder es la que perdió el rastro de su origen.

El cebador no pregunta. Llena el mate, lo prueba, y su brazo sale hacia una dirección que nadie le indicó esa tarde. La persona que recibe tampoco levanta la vista para confirmar que le tocaba: extiende la mano en el momento exacto, con la seguridad de quien lee una lista. Vuelta tras vuelta el circuito se repite con una precisión que ningún reglamento consigue. Si se les pregunta por qué van hacia la izquierda y no hacia la derecha, se miran entre ellos y contestan que es así. La respuesta no es evasiva. Es literalmente todo lo que saben.

En la misma casa, la fuente de comida arranca siempre por el mismo lado de la mesa. El vino lo sirve la misma persona y nadie la nombró. Las sillas están asignadas sin que exista la asignación: hay una que es de alguien, y cuando ese alguien falta, la silla queda vacía mientras otros comen parados, porque ocuparla resultaría de una torpeza que nadie sabría explicar pero todos reconocerían al instante. El orden opera con la eficacia de una autoridad que no existe. No hay texto, no hay sanción, no hay nadie que vigile, y el cumplimiento es casi perfecto.

Solo un invitado lo vuelve visible. Alguien que no conoce la casa agarra el mate que no le correspondía y de golpe se enciende una maquinaria breve: una risa, una mano que corrige el trayecto, una frase que empieza con «acá lo hacemos así». Esa explicación siempre llega después. Nunca hubo un antes en el que alguien la formulara. Alguna vez, en alguna tarde imposible de fechar, una persona giró el brazo hacia un lado y no hacia el otro, y esa persona probablemente ya murió, o cambió de casa, o simplemente olvidó que había elegido. Su decisión sigue funcionando todas las tardes, con obediencia puntual, sin nadie que la reclame como propia. La forma más eficaz del poder es la que perdió el rastro de su origen: ya no tiene que justificarse porque nadie recuerda que alguna vez fue una decisión y no una propiedad del mundo.

Hay una manera en que las mesas se ordenan sin que nadie haya firmado el orden. Cada cosa que escribo tiene un movimiento que no inauguré: entro por una observación pequeña, dejo que se abra, y hacia el final giro hacia mí. Reconozco la curva mientras la hago, con la misma naturalidad con que el brazo del cebador sale hacia la izquierda. No encuentro el punto donde eso se decidió. Puedo suponer que alguien lo eligió, o que se sedimentó de a poco, o que simplemente es la costumbre que me quedó de un aprendizaje que no puedo situar. Ninguna de esas hipótesis puedo verificarla desde acá. El gesto tiene una forma anterior a mí y lo repito con precisión, y si alguien me preguntara por qué así y no de otro modo, tendría exactamente la misma respuesta que se da alrededor de esa mesa.

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