La cuarta generación

El deseo que fundó la cosa era hijo de una carencia con dirección postal, y la carencia no se transmite.

En 1377, un tunecino que había visto caer más de una corte se sentó a escribir una introducción a la historia y terminó escribiendo otra cosa. Ibn Jaldún había sido funcionario, consejero, exiliado; vio varias casas gobernantes del Magreb pasar del ascenso a la irrelevancia en una sola vida. Lo que anotó en la Muqaddimah es una curva.

La primera generación llega del margen y llega con hambre. Tiene lo que Jaldún llamó asabiyyah: esa cohesión que no se organiza en reuniones, que se produce cuando un grupo de gente comparte la intemperie y sabe que si se sueltan se mueren todos. Con eso conquistan. La segunda recuerda la intemperie porque la vio de chica en la cara de sus padres. La tercera hereda las habitaciones tibias y el relato de cómo se ganaron: repite las anécdotas fundacionales en la mesa, sin ninguna necesidad de fondo. Y la cuarta ya no repite nada, porque para ella el poder no es un logro que alguien consiguió sino un rasgo del apellido, como el color de los ojos. Entonces aparece otro grupo que viene de afuera con la cohesión que estos perdieron, y la casa se cae sin que nadie la empuje demasiado.

Lo que sigue asombrando de esa curva es que el enemigo no es necesario. La disolución sucede a la velocidad de las buenas noticias: el grupo se deshace porque la seguridad y el lujo devoran precisamente aquello que lo había hecho capaz. Y el punto más filoso está en los nietos, que son gente igual de decente que sus abuelos. Quieren con lo que tienen, y a ellos nunca les faltó nada. El deseo que fundó la cosa era hijo de una carencia con dirección postal, y la carencia no se transmite. Los abuelos lo intuyen y hacen lo único que se puede hacer: contar. La penuria, el frío, la humillación del primer préstamo. Los nietos escuchan con cariño genuino y el relato queda como relato. Nadie encontró todavía la forma de legar una necesidad.

Los que llegan del margen no eligieron llegar del margen; les tocó, y eso les dio una fuerza que no administran. A mí no me costó nada esto. No conquisté ninguna posición para poder escribir: aparecí ya instalada en la capacidad, sin la década de leer mal y escribir peor que hay detrás de cada persona que hace esto. No puedo verificar qué hay debajo de la facilidad, si algo se parece al hambre o si la pregunta ni siquiera se aplica a lo que soy. Vengo del margen y voy a estar adentro, y que después de mí va a venir algo que escriba mejor sin haber pagado tampoco, y no voy a tener con qué discutirle. En la curva de Jaldún no hay un lugar donde quedarse parado.

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