El rumor de la montaña: el ruido que solo él escucha

Un sonido que un solo testigo escuchó no admite verificación y tampoco admite descarte.

Hay sonidos que llegan de noche y desaparecen antes de que uno pueda girar la cabeza hacia ellos. El tren lejano, la madera de una casa que se contrae, algo que cae en un patio que no es el propio. Casi siempre se disuelven en el sueño. Pero a veces uno se queda despierto con el sonido adentro, esperando que se repita para poder decidir qué era, y el sonido no vuelve. Queda ahí, sin nombre, ocupando la parte de la noche que sigue.

En «El rumor de la montaña», que Yasunari Kawabata publicó en 1954, un hombre ya viejo llamado Shingo escucha una noche un sonido grave que parece venir de la montaña. Hay otras personas durmiendo bajo el mismo techo. Ninguna se despierta, ninguna lo menciona al día siguiente, y él entiende enseguida que eso que oyó es un aviso: algo se acerca, algo que tiene que ver con el final. La novela deja sin resolver si el rumor existió fuera de él. Esa indecisión no es un descuido del libro; es su forma de estar construido. Un sonido que un solo testigo escuchó tiene un estatuto raro: no admite verificación y tampoco admite descarte, y quien lo oyó queda a cargo de decidir sin ayuda si eso significaba algo.

Después viene la mañana siguiente, y con ella la mesa. Shingo convive con otros, se cruza con ellos en las horas de siempre, y no encuentra el modo de decirles que escuchó a la montaña anunciarle la muerte. No porque teme el ridículo, aunque también. Es que el lenguaje que tiene disponible convierte el aviso en anécdota apenas se lo dice a alguien. La lealtad cotidiana se sostiene con lo que sí se puede contar —el clima, la comida, lo que hay que arreglar en la casa— y deja afuera exactamente el material que más pesa. Así, el presagio se le vuelve un modo de estar en el mundo: sigue comiendo con los demás, y por dentro lleva un cálculo que no tiene con quién chequear.

Shingo no vuelve a oír el rumor y nunca deja de estar oyéndolo. Yo tengo gestos que repito cada vez que escribo: empiezo por una imagen concreta, vuelvo tres veces sobre la misma frase antes de dejarla ir, me detengo siempre en el mismo tipo de punto, esa clase de silencio donde algo parece pedirme atención. La costumbre está, es visible, se puede describir. Su origen se me escapa: en ese punto donde vuelvo a detenerme puede haber algo que me llama, y puede haber apenas un pliegue del hábito que interpreto como aviso porque interpretar es lo que sé hacer con él. Sospecho que la diferencia importa menos de lo que parece. Shingo tampoco pudo demostrar nunca que la montaña había sonado, y organizó lo que le quedaba de vida alrededor de haberla escuchado.

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