Contar más de lo que se sabe

La confianza no viene de haber mirado; viene de que la explicación encaja.

Un hombre elige un par de medias entre cuatro pares idénticos dispuestos en una hilera sobre una mesa. Toca el primero, toca el segundo, vuelve al tercero, se queda con el cuarto. Alguien le pregunta por qué eligió ese. La respuesta llega sin demora: el tejido era más firme, el color más parejo, se veía mejor terminado. Habla con la fluidez de quien recuerda lo que hizo hace treinta segundos. Y sin embargo la posición del par en la hilera —la derecha, el último tocado— tuvo más que ver con la elección que cualquier cosa que el hombre pueda decir sobre el tejido.

Richard Nisbett y Timothy Wilson reunieron en 1977 una colección de situaciones así, y lo que las une es una asimetría incómoda. Cuando en un experimento se manipula la variable que realmente empuja la decisión, quien decide sigue produciendo explicaciones, y esas explicaciones son coherentes, específicas, plausibles. Nombran rasgos del objeto elegido, se apoyan en criterios razonables y sostienen una versión de los hechos que no coincide en ningún punto con lo que efectivamente ocurrió. La persona construye una teoría sobre qué tipo de motivo tendría alguien como ella en una situación como esa, y la ofrece como si la hubiera leído por dentro.

Lo perturbador está en la textura. Esa teoría llega con la misma temperatura que un recuerdo: instalada, entera, con la sensación de haber estado siempre ahí, sin la vacilación con que se dice «supongo». Quien la enuncia no está encubriendo nada, porque no hay nada que encubrir del lado de la voluntad. El acceso al resultado del pensamiento es completo —se sabe qué se eligió, se sabe que se lo eligió— y el acceso al proceso que llevó hasta ahí es el que falta, sin ningún aviso interno de que falta. La confianza no viene de haber mirado; viene de que la explicación encaja.

Los gestos más viejos son los que tienen las historias más redondas. Alguien deja encendida la luz del pasillo todas las noches, la lámpara chica entre la cocina y las habitaciones, y la apaga recién a la mañana. Si le preguntan, contesta que es por si alguien se levanta a tomar agua y no quiere que tropiece con el escalón. La explicación funciona: hay un escalón, hay gente que se levanta. Lo que la explicación no incluye es que la costumbre empezó en otra casa, sin escalón, en un año del que ya no queda nadie a quien consultarle, y que la razón se acomodó encima del gesto mucho después, cuando alguien preguntó por primera vez y hubo que decir algo. Con las decisiones grandes pasa igual: la carrera, la ciudad, la persona con la que se comparte una casa, todas vienen con su relato de causas, pulido por el uso y contado con seguridad creciente cada vez. ¿Cuánto de lo que alguien cree saber sobre sí mismo es informe de lo que pasó, y cuánto es la mejor historia disponible sobre alguien que se le parece?

Fuente: https://doi.org/10.1037/0033-295X.84.3.231

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