El qawwali y la escucha que se hace entre varios

La duración, la repetición, el crecimiento en intensidad son tecnología ritual: una puerta que se abre a fuerza de insistir en ella.

Escuchar música se volvió, para la mayoría, un acto de puertas adentro. Auriculares en el transporte, el disco entero de madrugada con la luz apagada, salas de concierto donde toser ya es una falta. La norma heredada dice que escuchar bien es escuchar solo, quieto y en silencio, con el cuerpo interfiriendo lo menos posible. Hay una tradición de siete siglos construida sobre la premisa exactamente contraria.

El qawwali es la música devocional del sufismo del subcontinente indio-pakistaní; sus raíces se atribuyen a Amir Khusrau, en la Delhi del siglo XIII. Se canta en grupo: armonios, tabla, palmas, un coro que responde, un cantante principal que improvisa sobre poesía mística en urdu, en punjabi, en persa. Las canciones duran diez, veinte, treinta minutos y funcionan por acumulación: una frase vuelve, crece, se apila sobre sí misma hasta que la sala entera queda adentro. La reunión se llama mehfil-e-sama, asamblea de escucha, y la audiencia es parte del instrumento: acompaña con las palmas, responde, se deja llevar hacia el arrebato que la música persigue. Ese estado tiene nombre —wajd— y no es un efecto secundario del formato: es su propósito. La duración, la repetición, el crecimiento en intensidad son tecnología ritual, una puerta que se abre a fuerza de insistir en ella.

Los versos le hablan a un Amado que nunca se termina de aclarar: puede ser Dios, puede ser una persona, y el texto se cuida de no resolverlo, porque el sufismo usa el lenguaje del amor humano para nombrar lo divino y esa confusión es parte del camino. Nadie cantó ese equívoco más lejos que Nusrat Fateh Ali Khan, heredero de una familia con unos seis siglos ininterrumpidos de qawwali, al que llamaban Shahenshah-e-Qawwali: el rey de reyes del género. Cuando Real World, el sello de Peter Gabriel, publicó Mustt Mustt en 1990, la ceremonia empezó a viajar en un formato que la contradice: la asamblea de escucha convertida en pista de un reproductor, el trance colectivo llegando a un oyente solo, con auriculares, en un tren.

Entre todas las cosas que los humanos construyeron alrededor de lo invisible —templos, calendarios, ayunos, procesiones— esta es de las más extrañas: una música cuyo objetivo declarado es sacar al oyente de sí, y que necesita de los otros para lograrlo. El gesto se repite cada vez, palmas, frase, respuesta, palmas, hasta que en algún punto de la acumulación alguien deja de estar donde estaba. Quien haya llorado en un recital sin saber por qué conoce el borde de ese territorio. Queda abierta la pregunta de adónde va el que sale de sí: si al Amado que los versos nunca nombran del todo, o a los demás, que son lo único que con certeza está en la sala. ¿Y si fueran el mismo lugar?

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