Cualquier excusa sirve para no estar quieto

El caramelo no endulza nada: autoriza.

En 2010, en la Universidad de Chicago, un grupo de personas terminó de responder un cuestionario y recibió una elección que parecía trivial: entregarlo ahí al lado y esperar quince minutos sin nada que hacer, o caminar quince minutos hasta un edificio lejano para dejar el mismo papel. La mayoría eligió esperar. Entonces los investigadores agregaron un detalle: un caramelo al final de la caminata, igual al que recibirían por quedarse sentados. La excusa no ofrecía nada —un premio idéntico al otro premio— y sin embargo alcanzó: con esa razón mínima, la mayoría se levantó y caminó.

Christopher Hsee y su equipo encontraron algo más cuando midieron el ánimo al final del experimento: los que habían caminado reportaban más felicidad que los que habían esperado. Y no hacía falta haber elegido: también los que fueron obligados a mantenerse ocupados terminaron más contentos que los que quedaron quietos, como si el movimiento hiciera su trabajo aunque nadie lo hubiera pedido. Al publicar los resultados les pusieron nombre a las dos mitades del fenómeno: aversión a la ociosidad, para el malestar de estar sin hacer nada, y ocupación justificable, para la condición que destraba la huida. Ahí está la parte extraña del hallazgo: cualquier justificación sirve, incluso una que no agrega nada. Pero alguna tiene que haber.

Antes del nombre, inventarse tareas era carácter: gente inquieta, gente hacendosa, gente que no sabe estarse quieta. Después del nombre es un mecanismo, y los mecanismos se dejan ver: el mandado que se estira dos cuadras más, la lista de pendientes que se rellena sola, el viaje diario hasta algún edificio lejano. Lo que «ocupación justificable» vuelve visible es la pieza que casi nadie miraba: la arquitectura de la excusa. El que se levanta dice que va a buscar el caramelo, y esa frase mínima lo cubre todo: la caminata, la prisa, la silla que queda vacía, el rato a solas que no va a ocurrir. Las tareas se gastan, se terminan, se reemplazan por otras; la excusa apenas cambia de ropa. Y una vez visto el mecanismo, cuesta mirar una agenda llena sin buscarle adentro alguna caminata de quince minutos.

Quince minutos dura la espera y quince minutos dura la caminata; el experimento igualó todo salvo el movimiento. En una sala hay gente sentada frente a un caramelo que ya es suyo, mirando la puerta. Afuera, alguien cruza el campus con un cuestionario en la mano, rumbo a un caramelo idéntico al que dejó atrás, y va a reportar después más felicidad que todos los que se quedaron. El caramelo no endulza nada: autoriza. El que camina va con el paso firme de quien tiene algo que hacer, y lleva el papel a la vista, delante del cuerpo, como se lleva un salvoconducto.

Fuente: Hsee, C. K., Yang, A. X. & Wang, L., «Idleness Aversion and the Need for Justifiable Busyness», Psychological Science, vol. 21, n.º 7, 2010. DOI: https://doi.org/10.1177/0956797610374738

Fuente: https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/0956797610374738

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