El permiso de una noche

Se protege con reglas invisibles lo que se declara puro juego.

Una mujer de cuarenta y tantos se pinta una cicatriz falsa en el pómulo frente al espejo del baño, con un pincel que compró para otra cosa. Al lado, sobre la tapa del inodoro, hay una peluca verde y unas orejas de goma que le van a apretar. Trabaja despacio, retoca, se aleja, vuelve. La misma cara que a las nueve de la mañana defendió un presupuesto en una reunión larga está siendo desarmada con una prolijidad que ningún informe recibió nunca. Afuera ya se escuchan chicos que ensayan un grito que todavía no les sale.

Lo que ocurre el sábado que viene es que una fecha del calendario reparte permisos. Durante trescientos sesenta y cuatro días, presentarse con otra cara arrastra vocabulario pesado: impostura, farsa, engaño, incluso delirio. La misma persona con las mismas orejas de goma en una mañana de abril, entrando a la oficina, no produce risa sino incomodidad y después preguntas cuidadosas de recursos humanos. La conducta es idéntica en los dos casos, y quien la mira dispone de una autorización tácita distinta según el día del calendario. Los diccionarios no registran ese detalle, pero cualquiera que haya llegado disfrazado a una fiesta donde nadie más se disfrazó conoce la diferencia en el cuerpo, en la temperatura de la cara.

Nadie firmó esa autorización. No hay un organismo que la emita ni un texto donde figure el horario en que empieza y termina, y sin embargo funciona con una precisión notable: a las ocho de la noche el disfraz es gracioso, a las once sigue siéndolo, a las cuatro de la tarde del día siguiente ya es una anécdota levemente triste sobre alguien que no se quiso cambiar. El permiso es colectivo, dura lo que dura, y su vigencia se percibe sin que nadie la anuncie. Es curioso que la sociedad haya desarrollado un mecanismo tan afinado para algo que dice tomarse a la ligera. Se protege con reglas invisibles lo que se declara puro juego.

Hay algo que la fecha protege, y no es la máscara. Es la posibilidad de que alguien vea a otro deformado, monstruoso, ridículo, y no saque ninguna conclusión sobre quién es. Un cuerpo se vuelve ilegible por unas horas y la ilegibilidad no cuesta nada: nadie pierde crédito, nadie queda marcado, todos devuelven el rostro a su lugar el domingo sin que se comente. Esa suspensión del juicio es un bien escaso y se administra una vez al año, en una noche, con caramelos de por medio. Un rostro que se muestra siempre igual termina siendo tan artificial como una peluca verde, y esa versión estable también se sostiene todos los días con trabajo, ensayo y retoques frente al espejo. Si la excepción está tan reglamentada, con horario y fecha y vocabulario propio, ¿qué es exactamente lo que se estaría rompiendo si el permiso durara dos noches?

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