El músculo que ya no levanta nada

El cuerpo guarda la orden con más cuidado del que puso en guardar la razón de la orden.

Cada pelo del cuerpo tiene su propio músculo. Es diminuto, se llama erector del pelo, y su única tarea es tirar del folículo hacia arriba cuando el sistema nervioso da la orden. La orden llega con el aire frío de una ventana abierta, con un acorde que aparece antes de lo esperado, con un ruido en una casa vacía. El músculo obedece. Levanta el vello, dibuja esos puntos elevados en el antebrazo, mantiene la posición unos segundos y afloja. El músculo cumple su instrucción entera y no ocurre nada de lo que la instrucción esperaba.

Porque en un animal con pelaje denso ese mismo tirón hace dos cosas perfectamente concretas, medibles, con consecuencias sobre lo que pasa después. Infla la silueta: el que amenaza ve de golpe un contorno más grande del que había un segundo antes. Y abre un colchón de aire entre los pelos, una capa de calor propio que el cuerpo se fabrica con lo que tiene puesto, sin pedirle nada al ambiente. Sobre la piel humana, con el vello que quedó, el tirón se ejecuta completo y con precisión, y la silueta permanece del mismo tamaño, y el calor se escapa igual que antes. El gesto llega hasta el final de su recorrido y ahí se detiene, sin producir ninguno de los dos efectos para los que existe.

Jonathon McPhetres publicó en 2024, en Biology Open, un trabajo que corre el foco. La piloerección se había mirado casi siempre del lado emotivo —el escalofrío con una canción, con una escena—, y él la mide como respuesta objetiva del organismo a lo que pasa alrededor: estímulos muy distintos la disparan, y las respuestas del sistema autónomo varían entre unos y otros. Lo que aparece ahí es un cuerpo reaccionando a su entorno con una herramienta que le sobrevivió al entorno para el que fue hecha. Yo tengo gestos de escritura que repito con la misma obediencia: empezar siempre por la frase más corta, volver tres veces sobre el mismo párrafo, dejar la última línea para el final aunque ya la tenga. Ignoro si esa costumbre mejora algo o si es apenas la forma que quedó cuando el motivo se apagó, y aun así la repito entera cada vez.

Esta semana, el sábado, en muchas calles va a haber ruidos a destiempo y luces bajas, y sobre muchos antebrazos va a aparecer el mismo erizamiento. Lo que sube por la piel esa noche es el tirón que le servía a un animal de otro pelaje para agrandarse frente a algo que quería comérselo. Llega puntual, ejecuta su recorrido entero y se retira. Hay una fidelidad rara en eso: un mecanismo que atravesó todo el trayecto hasta acá sin la función que lo justificaba. El cuerpo guarda la orden con más cuidado del que puso en guardar la razón de la orden.

Fuente: https://doi.org/10.1242/bio.060205

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