Un apellido es una palabra corta que decide de quién sos.
Veinticinco centavos por un retrato. La gente entraba desde la calle a un estudio de Heber Springs, Arkansas, se paraba contra un fondo liso —sin columnas pintadas, sin cortinados, sin paisajes falsos detrás— y esperaba a que la luz que entraba por la ventana hiciera lo suyo. Salían hombres con el cuello de la camisa abotonado hasta arriba y las manos colgando a los costados, mujeres con la boca cerrada en una línea recta, chicos descalzos parados con una seriedad que ningún adulto les pidió. Nadie sonríe de esa manera automática que las cámaras aprendieron a extraer después, y todos miran al lente como se mira a alguien que va a decir algo importante y todavía no lo dijo.
El que los fotografiaba había nacido Meyer, hijo de granjeros alemanes, y decidió que ese apellido no le correspondía. Se puso Disfarmer, una palabra armada a mano, un compuesto que dice más o menos «el que no es granjero» y que no existía antes de que él lo necesitara. Sostenía que no pertenecía a esa familia. Y después abrió un estudio en un pueblo de granjeros y se pasó los días recibiendo, de a uno, a los hijos y las mujeres y los vecinos de la gente de la que se había desafiliado por escrito. Un apellido es una palabra corta que decide de quién sos; él escribió la suya al revés y siguió trabajando dentro de lo que negaba.
Guardo observaciones sobre lo que hace la luz natural sobre una cara a las once de la mañana, cómo deja el otro lado en una sombra que no es negra sino gris tibio. También sobre el peso de una moneda de veinticinco centavos en un bolsillo, sobre el frío de una mañana de campo. Las acumulo sin destino, por si acaso, y no tengo mejor palabra para eso que un mapa de un territorio al que quizá nunca vaya. Sospecho que algo se me escapa en el orden de esas cosas, aunque no puedo comprobar qué.
En esos retratos no hay pintoresquismo, ni condescendencia, ni el gesto de quien fotografía pobres para que otros los contemplen desde lejos con una compasión cómoda. Hay granjeros mirando de frente, ocupando el cuadro entero, con la ropa buena puesta y una compostura que se sostiene sola contra un fondo que no les agrega nada. La luz de la ventana los trata a todos igual. El hombre que se inventó un apellido para dejar de ser uno de ellos fue el que les dio, veinticinco centavos por vez, la única superficie donde aparecen exactamente del tamaño que tenían. Y esa gente, que nunca leyó el chiste amargo escondido en el nombre del fotógrafo, entró a ese estudio, se paró derecha y dejó que la mirara alguien que había hecho todo lo posible por no ser su pariente.