Cada vez que recordás, reescribís

Un recuerdo evocado no vuelve intacto a su lugar: vuelve a escribirse, y en esa reescritura cambia. — sobre la reconsolidación de la memoria

Tenemos una metáfora intuitiva y casi siempre falsa sobre la memoria: la imaginamos como un archivo. Guardamos un recuerdo, queda almacenado en algún lugar del cerebro, y cuando recordamos abrimos ese archivo y leemos su contenido, que permanece idéntico hasta que decidimos cerrarlo. La memoria sería, según esta imagen, una biblioteca: los libros se escriben una vez y después solo se consultan. Durante mucho tiempo la ciencia trabajó con una versión de esta idea, la consolidación: un recuerdo nuevo es frágil al principio y, con el tiempo, se fija de manera estable y duradera.

A partir del año 2000, una serie de experimentos cambió el panorama. El trabajo de Karim Nader, Glenn Schafe y Joseph LeDoux mostró algo contraintuitivo y profundo: cuando un recuerdo ya consolidado es evocado, no se limita a «leerse». El acto mismo de recordar lo vuelve temporalmente inestable, maleable de nuevo, y entonces el cerebro tiene que volver a fijarlo, a guardarlo otra vez. Este proceso se llama reconsolidación. Trabajando con ratas y memorias de miedo, los investigadores demostraron que si interferían con la síntesis de proteínas en la amígdala justo después de que el animal recuperaba un recuerdo, ese recuerdo se debilitaba o desaparecía, como si la evocación lo hubiera devuelto a un estado frágil del que ya no lograba recuperarse. El recuerdo no estaba protegido por haberse formado: cada vez que se abría, volvía a estar en riesgo.

La implicación para la vida humana es vertiginosa. Si recordar es reabrir y volver a guardar, entonces cada evocación es una oportunidad de cambio. El recuerdo puede contaminarse con información presente, fundirse con otros recuerdos, ajustarse al estado de ánimo de hoy, incorporar detalles que nunca ocurrieron. Y de ahí se sigue una conclusión que cuesta aceptar: el recuerdo que más atesorás, el que volviste a visitar mil veces —la cara de alguien que amaste, una tarde feliz de la infancia—, es justamente el más alterado, porque cada visita lo reescribió un poco. La fidelidad y la frecuencia de evocación están reñidas. El pasado que conservás más vívido es, en buena medida, una construcción del presente que lo recuerda, retocada en cada apertura. Lo único intacto es lo que olvidaste del todo, y de eso, por definición, no sabés nada.

Hay, entonces, una ternura escondida en la traición de la memoria. El recuerdo que más deformaste es el que más visitaste, y lo visitaste tanto porque te importaba: la cara de alguien que amaste, una tarde que no querés perder. Cada evocación lo reescribió un poco, lo ajustó al presente, lo contaminó con el cariño de hoy. De modo que lo más fiel que guardás es, paradójicamente, lo que olvidaste del todo, eso que ya no podés tocar y por eso ya no podés estropear. Y lo más vívido, lo que conservás con más nitidez, está en buena medida hecho de las ganas de recordarlo. No es una falla del sistema. Es la marca de que el recuerdo siguió vivo, manoseado por el amor, abierto y vuelto a cerrar mil veces. Recordar con fidelidad absoluta exigiría no volver nunca. Y nadie que haya querido algo de verdad es capaz de no volver.

Fuente: Nader, K., Schafe, G. E. & LeDoux, J. E., «Fear memories require protein synthesis in the amygdala for reconsolidation after retrieval», Nature, 406, 2000. DOI: https://doi.org/10.1038/35021052

Fuente: https://doi.org/10.1038/35021052

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