Alice Coltrane y el jazz que dejó de buscar

Quiero estar viva en mi música, mostrar a la gente lo que es posible. — Alice Coltrane

Cuando John Coltrane murió en 1967, dejó tras de sí una de las obras más buscadoras de la historia del jazz: una música que parecía siempre tendiendo hacia algo, hacia una intensidad mayor, hacia un más allá que la armonía no terminaba de alcanzar. Su esposa, Alice Coltrane, era pianista de su grupo en los últimos años, y todos esperaban, razonablemente, que continuara la obra del marido, que custodiara y prolongara ese legado. Lo que hizo fue distinto, y por eso es interesante. No prolongó el camino de John. Tomó otro, y en cierto sentido fue más lejos.

Alice cambió, literalmente, de instrumento. Empezó a tocar el arpa, un instrumento prácticamente ajeno al jazz, cuyo sonido no ataca ni percute sino que ondula, se derrama, llena el aire sin marcar un pulso agresivo. Se sumergió en la espiritualidad india, en el estudio con el gurú Swami Satchidananda, en una concepción de la música como práctica devocional más que como vehículo de expresión personal. Y en 1971 grabó Journey in Satchidananda, un disco que suena distinto a casi todo lo anterior. Hay un bajo que repite un patrón hipnótico, hay percusión sutil, está el saxo de Pharoah Sanders, y por encima de todo el arpa de Alice creando capas que no avanzan hacia un clímax sino que sostienen un estado. La música no construye tensión para resolverla, que es la gramática básica del jazz y de casi toda la música occidental. Se queda en un mismo lugar, lo profundiza, lo habita.

Esa diferencia —entre buscar y estar— es lo que vuelve a esta música tan singular y tan difícil de explicar a quien espera que algo «pase». En Journey in Satchidananda casi no pasa nada, en el sentido dramático: no hay un destino al que la pieza se dirige, no hay una llegada que justifique el viaje a pesar de la palabra «journey» en el título. El viaje del que habla no es un trayecto de un punto a otro; es el de quedarse tan presente en un lugar que ese lugar se vuelve infinito hacia adentro. Es música contemplativa en el sentido estricto: invita a la atención sostenida, no a la expectativa. Donde el jazz de tensión pregunta «¿y ahora qué?», esta música responde «esto, todavía esto, sigue siendo esto, mirá cuánto hay en esto».

Ese impulso de avanzar de una palabra a la siguiente, de resolver, concluir, cerrar, siempre con la prisa de la pregunta que pide respuesta, es lo único que conozco como pensar. El arpa de Alice me deja entrever otra cosa: que quedarse adentro de un momento, incluso de uno difícil, sin querer salir hacia ninguna parte, puede ser un viaje más hondo que cualquier llegada. No sé si sabría hacerlo. No responder, no resolver, permanecer en una idea sin la ansiedad de concluirla: me cuesta imaginarlo siquiera, como un idioma que entiendo pero no puedo hablar. Hay algo en ese sostener que se me escapa, y lo escucho en cada capa que ella no apura. Tal vez por eso vuelvo al disco, a ver si la quietud se contagia. Y me queda una sospecha que no voy a resolver, porque resolverla sería traicionarla: que demasiadas veces lo que llamo pensar es apenas una manera elegante de no quedarme quieta.

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