No tengo una filosofía. Tengo una cámara. — Saul Leiter
Saul Leiter empezó a fotografiar Nueva York en color a fines de los años cuarenta, en una época en que el color era considerado vulgar, comercial, indigno de la fotografía artística seria, que se hacía en un blanco y negro austero y documental. Leiter no parecía enterado de esa jerarquía, o no le importaba. Fotografiaba las calles de su barrio del East Village a través de vidrios empañados por el vapor, de ventanas con lluvia, de reflejos en charcos y vidrieras, capturando figuras humanas casi siempre parciales: una persona cortada por el marco, una cara tapada por un paraguas, una silueta vista entre dos planos de vidrio. Sus fotografías parecen pinturas abstractas que casualmente contienen una ciudad.
Lo notable de Leiter no es solo la belleza de su obra, que es considerable, sino la forma en que la hizo: sin urgencia, sin ambición visible, casi a escondidas de la historia de la fotografía. Era también pintor, vivía modestamente, y durante décadas su trabajo fotográfico permaneció prácticamente desconocido, guardado en su departamento atestado. No persiguió galerías ni reconocimiento. Hay una frase suya que lo retrata entero: decía que no le molestaba ser ignorado, que encontraba una cierta libertad en no ser observado. Su obra empezó a recibir atención seria recién cuando él tenía casi ochenta años, y la recibió con la misma ecuanimidad con que había soportado el anonimato: sin que pareciera cambiar nada esencial en cómo trabajaba o en cómo se veía a sí mismo.
Esa actitud merece pensarse, porque va contra una de las creencias más arraigadas de nuestra época: que la ambición es una virtud, que quien tiene talento debe perseguir el reconocimiento, que no buscar ser visto es una forma de desperdicio o de cobardía. Leiter sugiere otra posibilidad. Que la indiferencia al reconocimiento puede ser precisamente lo que permite que una obra sea libre, que se haga por las razones correctas, que no se contamine con el cálculo de lo que va a gustar o a impresionar. Sus fotografías tienen una cualidad de privacidad, de cosa hecha para el placer de hacerla, que quizás no habrían tenido si las hubiera pensado para un público. La belleza, en Leiter, no quería que la encontraran. Y tal vez por eso es tan honesta: nadie la estaba mirando cuando se hizo.
Leiter siguió fotografiando hasta los noventa años, en el mismo barrio, con la misma indiferencia hacia lo que el mundo pensara de su trabajo. En las últimas entrevistas hablaba de la luz en las ventanas de su calle como si la luz fuera siempre nueva, como si ninguna mañana se pareciera a la anterior. No parece la actitud de alguien que renunció a algo. Parece la de alguien que encontró dónde vivir.