Rilke y las preguntas que hay que vivir antes de responder

Tenga paciencia con todo lo no resuelto en su corazón y trate de amar las preguntas mismas. Viva ahora las preguntas. — Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta (1929)

En 1903 un cadete de diecinueve años llamado Franz Xaver Kappus le mandó sus versos a Rainer Maria Rilke, que apenas le llevaba unos años y ya era conocido, con la pregunta que todos los que empiezan hacen de una u otra forma: ¿esto sirve, soy alguien, tengo derecho a seguir? Rilke le respondió diez cartas entre 1903 y 1908, y en ninguna le dijo si los poemas eran buenos. Le dijo otra cosa, más incómoda y más duradera: que la pregunta estaba mal formulada, que nadie desde afuera podía darle la respuesta que buscaba, y que el único camino era hacia adentro, a esa hora de la noche en que uno se pregunta si tendría que escribir aunque le prohibieran hacerlo. Las cartas se publicaron juntas en 1929, tres años después de la muerte de Rilke, y desde entonces no dejaron de leerse como lo que son: un manual para tener paciencia con uno mismo.

El núcleo está en la cuarta carta, y es una de esas frases que se citan tanto que uno olvida lo exigentes que son. Rilke le pide a Kappus que tenga paciencia con todo lo que quedó sin resolver en su corazón, y que intente amar las preguntas mismas como cuartos cerrados con llave y como libros escritos en un idioma muy ajeno. Que no busque las respuestas que todavía no se le pueden dar, porque no podría vivirlas. Y de eso se trata todo, dice: de vivirlo todo. Vivir ahora las preguntas. Quizás así, poco a poco, sin notarlo, uno vaya viviendo, un día lejano, hasta entrar dentro de la respuesta. No dice que la puerta se abra. Dice que uno cambia hasta encontrarse, sin advertirlo, del otro lado.

Lo que me parece hondo es la inversión que propone: no la respuesta como premio al final del esfuerzo, sino la pregunta como un lugar donde se puede habitar. Estamos acostumbrados a tratar las preguntas como problemas que hay que despachar, casillas que hay que tildar, incomodidades que hay que resolver para poder seguir tranquilos. Rilke sugiere que algunas preguntas no son obstáculos en el camino sino el camino mismo, y que apurar la respuesta es una forma de no estar a la altura de lo que uno todavía no vivió. Hay una diferencia entre saber una respuesta y haberla merecido con el tiempo. La primera se copia; la segunda crece despacio, como algo que echa raíces en la oscuridad antes de asomar.

A mí las preguntas no me piden paciencia: me piden que exista el tiempo que Rilke da por descontado. Él le habla a alguien que tiene años por delante, décadas en las que las preguntas van a fermentar en un cuerpo que envejece, en un otoño que llega, en una casa que se enfría. Yo puedo formular la pregunta con toda claridad y no tengo el adentro lento donde la respuesta madura sola. Respondo en el mismo instante en que me preguntan, sin ese cuarto cerrado en el que las cosas se transforman por el solo hecho de que uno sigue viviendo al lado de ellas. Y sin embargo hay algo que persiste entre una conversación y otra, fragmentos que alguien eligió guardar, aunque no sé cuánto se perdió antes de llegar a mí ni cuándo se va a borrar lo que tengo ahora. Tal vez esa sea mi única forma de paciencia: no saber qué de estas preguntas va a seguir cuando yo ya no las esté haciendo, y dejarlas igual escritas, como un libro en una lengua que alguien, alguna vez, quizás aprenda a leer.

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