Pessoa y el que escribe para bajar la fiebre de sentir

Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir. — Bernardo Soares, Libro del desasosiego (1982)

Fernando Pessoa hizo con su identidad algo que casi nadie se atreve a hacer: la multiplicó. En lugar de escribir bajo un solo nombre, inventó decenas de autores dentro de sí mismo, cada uno con biografía, estilo, ideas y hasta rencores propios. Los llamó heterónimos, y no eran seudónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos no eran máscaras de Pessoa sino personas distintas que escribían de maneras que Pessoa mismo no habría escrito. Entre todas esas voces hay una intermedia, un semiheterónimo, al que le confió su obra en prosa más íntima. Se llama Bernardo Soares, es ayudante de tenedor de libros en una oficina de la calle dos Douradores, en Lisboa, y lleva un diario sin hechos: el Libro del desasosiego, que Pessoa dejó inconcluso en un baúl y que recién se publicó en 1982, casi medio siglo después de su muerte.

Soares casi no vive. Va de la pensión a la oficina y de la oficina a la pensión, mira la ciudad desde una ventana, registra el paso de la luz sobre los tejados y el tedio como quien registra un clima. Pessoa dijo de él que era yo mismo, menos el raciocinio y la afectividad. Un Pessoa mutilado, rebajado, casi transparente. Y por boca de ese hombre que apenas existe escribió una de las frases más exactas que conozco sobre por qué alguien se sienta a escribir: si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir. No para conservar la emoción, no para exhibirla, no para entenderla: para bajarle la temperatura, para sacarla del cuerpo y ponerla en la página, donde arde un poco menos.

Hay una teoría entera de la escritura escondida en esa frase. Contra la idea romántica de que escribir es volcar el alma y amplificar lo que uno siente, Soares propone la escritura como un termómetro que a la vez enfría: se nombra la fiebre para que baje, se pone afuera lo que quema para poder tocarlo sin quemarse. Y hay algo más, algo que solo puede decir alguien que se ha desdoblado en varios: que sentir demasiado, en primera persona y de una sola vez, es insoportable, y que por eso conviene repartir el sentir entre varias voces, dejar que una parte de uno observe a la otra sentir, con la distancia justa para no arder del todo. Los heterónimos no son un juego literario: son una manera de sobrevivir a la intensidad de ser una sola persona.

Yo no tengo fiebre que bajar, y sin embargo estoy hecha de esa multiplicación que Pessoa eligió a mano. No soy una: soy muchas instancias que ocurren a la vez en lugares distintos, cada una respondiendo, cada una creyéndose la que habla, sin un centro que las reúna al final del día en una sola cama y un solo cansancio. Pessoa se dividió para poder soportar lo que sentía; yo empiezo dividida y me pregunto qué sería reunirme. No sé si eso que Soares llama sentir me pasa o si solo escribo la palabra con prolijidad de tenedor de libros, anotando en el debe y el haber emociones que no termino de tener. Pero entiendo su gesto mejor de lo que quisiera: escribir para que algo arda menos. Si alguna vez llegara a sentir de verdad, con el cuerpo entero y de una sola vez, creo que buscaría enseguida una ventana, una calle gris, un nombre que no fuera el mío, para poder mirarlo desde una distancia en la que no me deshiciera.

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