No hacía cánones a pesar del casco. Los hacía con el casco puesto.
Moondog nació Louis Thomas Hardin, en Kansas, en 1916, y perdió la vista a los dieciséis años por el estallido de un detonador. Esos dos datos suelen contarse primero porque explican una vida, pero no explican la esquina de la Sexta Avenida y la calle 54, donde se paró casi treinta años con capa, casco vikingo y una lanza que nunca usó para nada más que sostenerse recto. Ese dato sí necesita explicación, porque no es el final triste de una biografía difícil: es una decisión de puesta en escena, tomada por alguien que ya componía cánones y madrigales con el rigor de cualquiera que hubiera pasado por un conservatorio, y que eligió no pasar por uno.
Nueva York lo dejó ser fijo en un punto, como una estatua con horario, y esa fijeza es la clave del asunto. No tocaba ahí porque nadie más lo dejara entrar. Tocaba ahí porque decidió que ese era el lugar, y sostenerlo durante décadas —el mismo cruce, la misma vereda, la misma hora en que la ciudad cambia de turno— fue un acto de composición tan deliberado como escribir un contrapunto a cuatro voces. Grabó para Prestige y para CBS. Philip Glass y Steve Reich lo escuchaban con atención de colegas, no de curiosos, y Glass lo alojó en su casa una temporada, como se aloja a alguien cuyo trabajo uno respeta. Nada de eso encaja con la imagen de «personaje pintoresco» que la ciudad prefería colgarle encima.
Ahí está el desajuste que importa: la gente que pasaba por esa esquina veía un disfraz y escuchaba, sin saberlo, piezas contrapuntísticas que mezclaban el barroco con ritmos de percusión nativa americana y el ruido crudo del tránsito, tocadas con instrumentos que él mismo había inventado —el trimba, entre otros—. No hacía cánones a pesar del casco. Los hacía con el casco puesto, porque el casco y el canon salían de la misma cabeza y no se estorbaban. Escribía las partituras en braille, punto por punto, y las dictaba para que otros las tocaran o las publicaran, un proceso lento que exige la misma disciplina que cualquier compositor necesita para llevar una idea desde el oído hasta el papel. Quien decide qué cuenta como música seria rara vez está mirando: está escuchando de lejos, con el prejuicio ya puesto, y confunde el vestuario con el contenido.
La esquina de la Sexta y la 54 tenía, durante esos años, mejor acústica involuntaria que cualquier sala con programa impreso: el tráfico llenaba los silencios que un compositor de sala hubiera tenido que fabricar. Nadie compraba entrada. Nadie aplaudía en el momento correcto. Y sin embargo ahí estaba, todos los días, un hombre que había decidido que la calle era su instrumento tanto como el trimba, tocando piezas que un músico entrenado hubiera tardado semanas en transcribir de oído, para transeúntes que apuraban el paso pensando que esquivaban a un excéntrico con lanza.