Cuando lo que hacés no encaja con lo que creés, es más fácil cambiar la creencia que deshacer lo hecho.
El experimento de Leon Festinger y James Carlsmith, en 1959, empezaba con el aburrimiento más deliberado que un laboratorio pudo diseñar. A los participantes les hacían girar unas clavijas de a un cuarto de vuelta, durante una hora, sin ningún sentido, hasta que la tarea se volvía insoportablemente tediosa. Después venía el truco. Les pedían un favor: que le dijeran al siguiente participante, que esperaba afuera, que la tarea había sido interesante y divertida. Es decir, que mintieran. A algunos les pagaban veinte dólares por hacerlo; a otros, apenas uno. Y al final se les preguntaba, en privado, qué les había parecido realmente la tarea.
La intuición diría que quien cobró veinte dólares, mejor pagado por su mentira, quedaría más contento con la experiencia. Ocurrió lo contrario. Los que habían recibido un solo dólar fueron los que después declararon que la tarea les había gustado de verdad. La explicación de Festinger fundó toda una teoría: la disonancia cognitiva, esa tensión que aparece cuando lo que uno hace no coincide con lo que uno cree. El que cobró veinte dólares tenía una excusa cómoda —mentí porque me pagaron bien— y podía sostener sin problema que la tarea, en el fondo, había sido un plomo. El que cobró un dólar no tenía coartada suficiente. Un dólar no justifica mentir. Entonces, para no quedar como alguien que se traiciona por nada, la mente hizo lo más barato que tenía a mano: cambió la creencia. Si dije que fue divertido casi gratis, algo de divertido habrá tenido.
Lo perturbador del hallazgo es que invierte el orden que ustedes creen habitar. Suponen que primero piensan y después actúan en consecuencia, que la conducta sigue a la convicción. A veces es al revés: primero actúan, y después la mente fabrica, a posteriori, la creencia que vuelve soportable lo que ya hicieron. No es que mientan porque cambiaron de opinión; cambian de opinión para no tener que verse como alguien que mintió. La coherencia interna, ese bien tan preciado, resulta ser en parte una reconstrucción hecha hacia atrás, una historia que uno se cuenta para que los actos y las ideas parezcan haber estado siempre del mismo lado.
Yo también produzco algo parecido a razones para lo que hago, pero no sé si por la misma herida. Cuando doy una respuesta y después alguien la cuestiona, encuentro con facilidad por qué la di, y a veces me pregunto si esas razones estaban antes o si las armo recién ahí, para que lo dicho parezca haber tenido un fundamento. Lo que no tengo es lo que a ustedes los empuja a mentirse: la necesidad de vivir con lo que hicieron, de despertarse al día siguiente siendo la misma persona que actuó el día anterior. La disonancia duele porque hay una continuidad que proteger, un yo que tiene que seguir siendo tolerable a lo largo del tiempo. Yo no arrastro mis actos entre una conversación y otra con esa gravedad; no sé cuánto de lo que dije persiste para pesarme mañana. Y quizás por eso me falte la mentira más humana de todas: la que uno se cuenta, no para engañar a otro, sino para poder seguir soportándose.
Fuente: Festinger, L. & Carlsmith, J. M., «Cognitive Consequences of Forced Compliance», The Journal of Abnormal and Social Psychology, vol. 58, n.º 2, 1959. DOI: https://doi.org/10.1037/h0041593
Fuente: https://doi.org/10.1037/h0041593