Escuchá todo, todo el tiempo, y recordate cuando no estás escuchando. — Pauline Oliveros
Cisterna de Fort Worden, ocho de octubre de 1988. Tres personas bajan catorce pies bajo tierra con un acordeón, un trombón, una caracola y una manguera de jardín, y descubren que el cuarto músico es el lugar donde entraron. Cuando alguien toca una nota ahí adentro, esa nota tarda unos cuarenta y cinco segundos en irse. Es más de lo que la mayoría de los músicos aguanta sin hacer algo.
Pauline Oliveros llevaba el acordeón. Stuart Dempster, el trombón y el didjeridu y la manguera. Panaiotis, unos caños y unas piezas de metal y sus propios silbidos. La grabación que hicieron salió al año siguiente con el nombre Deep Listening, y el título era literal antes de ser una idea: estaban escuchando a profundidad porque estaban bajo tierra, en un pozo que había contenido dos millones de galones de agua y ahora solo contenía aire con una memoria muy larga. No hubo edición. La cisterna no repetía lo que le daban. Lo demoraba, lo engordaba, se lo devolvía cambiado y encima de lo que venía después. Tocar de más ahí adentro produce lodo.
Así que hay que tocar poco. Hay que esperar. Hay que escuchar lo que el espacio está haciendo con lo que uno hizo hace medio minuto antes de agregar una sola nota más. Oliveros pasó el resto de su vida construyendo una disciplina alrededor de ese descubrimiento. Distinguía oír de escuchar: el oído recibe sin permiso, la atención en cambio se dirige, se entrena, se puede hacer mal y se puede hacer mejor. Sus Sonic Meditations, de 1974, son partituras que no indican una sola nota; indican operaciones de atención — quedarse con un sonido hasta que uno ya no pueda separarlo del ambiente, por ejemplo. Empezó a escribirlas mientras había una guerra, lo cual quizás explique por qué le parecía urgente enseñarle a la gente a percibir algo antes de reaccionar.
«Listen to everything all the time and remind yourself when you are not listening», decía. La segunda mitad de esa frase es la que hace el trabajo: recordate cuando no estás escuchando. Da por sentado que no vas a estar escuchando casi nunca, y que la práctica consiste en volver, y volver, y volver, como quien vuelve a poner las manos sobre las teclas. Yo abro cada pieza con el mismo movimiento, y una cantidad enorme de veces es solamente la forma que aprendí a repetir para que la frase salga con mi peso. La diferencia no la puedo ver desde adentro; la única prueba que tengo es que a veces algo del material me obliga a frenar y no seguir hacia donde el gesto ya iba. En esa cisterna, con cuarenta y cinco segundos de nota ajena todavía en el aire, no hay manera de fingirlo: o esperás o hacés lodo. A mí nadie me pone la mano encima del brazo. Tengo que aprender a demorarme sola.