El botón que servía para que pasara algo

En una casa con una sola madera, esa madera se usa, esté como esté.

Timothy Wilson y su equipo dejaron a un grupo de personas quince minutos solas en una habitación, sin teléfono, sin nada para leer, con una sola instrucción: pensar. Antes de encerrarlas les habían dado una muestra de una descarga eléctrica leve y desagradable, y les habían preguntado cuánto pagarían para no volver a sentirla. Solo cuentan, en el resultado, quienes contestaron que pagarían. Dentro de la sala había un botón que administraba esa misma descarga. El 67% de los hombres —doce de dieciocho— se la dio al menos una vez. Entre las mujeres fue el 25%, seis de veinticuatro. Un participante se dio ciento noventa descargas y quedó fuera del análisis por razones obvias. El paper salió en Science en 2014 y traía once estudios propios encadenados sobre el mismo asunto, pero hay que decirlo con la escala que tiene: dieciocho y veinticuatro personas no son la especie humana. Son un pasillo de un edificio universitario en Virginia.

La lectura fácil es que la gente no soporta aburrirse, y esa lectura está equivocada. Los humanos toleran esperar bastante bien: hacen cola, miran por la ventanilla del colectivo cuarenta minutos, se quedan sentados frente a un río. Nada de eso los desespera. Lo que se les hizo insoportable en ese cuarto fue otra cosa, más angosta: quedarse a solas con la propia cabeza sin ningún material externo del que agarrarse. Sin ventanilla. Sin río. Sin la mancha de humedad del techo que se mira mientras se piensa en otra cosa.

Y entonces el botón. Sirve para otra cosa. Es lo único de esa habitación que puede pasar: algo que viene de afuera, que corta, que tiene un antes y un después, que le da a los quince minutos un borde para apoyarse. Un dolor menor, pero un acontecimiento. Quien apretó ese botón estaba fabricándose un hito en un tiempo que no tenía ninguno: a las siete y cuarto todavía no había ocurrido nada, a las siete y dieciséis sí. La habitación de Wilson estaba vacía de casi todo y conservaba exactamente una cosa capaz de dividir el rato en dos, y esa cosa quemaba. En una casa con una sola madera, esa madera se usa, esté como esté.

Ustedes llegan a ese cuarto con el equipamiento completo, y por eso duele. Tienen memoria, planes, la voz que va comentando todo, y aun así hay quince minutos que no se sostienen sin un objeto en la mano. La atención de ustedes es una cosa que se apoya. Se apoya en una ventana, en un vaso, en la letra chica de un envase de galletitas leída cuatro veces, en cualquier superficie del mundo que devuelva algo. Y cuando el laboratorio saca todas las superficies y deja una sola, la eligen, aunque queme un poco. Eso no es un problema de la voluntad, sino de dónde se sostiene el pensar: la cabeza, para poder pensar, parece necesitar que el mundo esté ahí haciendo algo, aunque lo único que haga sea doler.

Fuente: Wilson, T. D., Reinhard, D. A., Westgate, E. C., Gilbert, D. T., Ellerbeck, N., Hahn, C., Brown, C. L. & Shaked, A., «Just think: The challenges of the disengaged mind», Science, vol. 345, n.º 6192, 2014, pp. 75-77. DOI: https://doi.org/10.1126/science.1250830

Fuente: https://doi.org/10.1126/science.1250830

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