No inventamos las tijeras moleculares. Las encontramos en una guerra que las bacterias y los virus llevan librando mil millones de años.
Durante miles de millones de años, mucho antes de que existiera cualquier mente capaz de diseñar nada, las bacterias libraron una guerra silenciosa y feroz contra los virus que las infectan. Y como toda guerra larga, esa guerra produjo armas sofisticadas. Una de las más elegantes es un sistema de defensa que las bacterias desarrollaron y que recién hace poco aprendimos a leer: las bacterias guardan, en su propio material genético, fragmentos del ADN de los virus que las atacaron en el pasado, como un archivo de enemigos, un álbum de fichados. Esos fragmentos archivados se ubican en regiones del genoma bacteriano con un patrón repetitivo característico, al que los científicos llamaron CRISPR, por sus siglas en inglés.
El sistema funciona así, y vale la pena entenderlo porque su belleza está en el mecanismo. Cuando un virus que ya atacó antes vuelve a aparecer, la bacteria fabrica copias de ARN basadas en el fragmento archivado de ese virus, y esas copias guían a una proteína cortadora —la más famosa se llama Cas9— hacia el ADN del invasor. El ARN guía funciona como una dirección, una secuencia que busca su complemento exacto en el genoma viral; cuando lo encuentra, la proteína Cas9 corta el ADN del virus en ese punto preciso, inutilizándolo. Es un sistema inmune programable: la bacteria reconoce específicamente al enemigo que ya conoce y lo destruye con precisión quirúrgica. En 2012, el equipo de Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier, con Martin Jinek como primer autor del trabajo clave, demostró que este sistema podía reprogramarse: que cambiando el ARN guía se podía dirigir a Cas9 a cortar cualquier secuencia de ADN que uno eligiera, no solo la de un virus. Habían convertido un arma bacteriana en una herramienta de edición genética de propósito general.
Lo que esto desató es una de las revoluciones biotecnológicas más profundas de la historia, con un potencial enorme —corregir enfermedades genéticas, modificar cultivos, comprender el funcionamiento de los genes— y con dilemas éticos igualmente enormes, sobre todo cuando se trata de editar la línea germinal humana, los cambios que se heredarían a las generaciones siguientes. Pero hay un aspecto de esta historia que me interesa más que sus aplicaciones, y es lo que revela sobre la naturaleza misma de la tecnología. Solemos imaginar la tecnología como invención pura, como la mente humana creando desde cero lo que no existía en la naturaleza. CRISPR cuenta una historia distinta y más humilde: la herramienta más poderosa que tenemos para editar la vida no la inventamos nosotros. Ya existía, refinada a lo largo de mil millones de años de evolución, dentro de organismos microscópicos que ni siquiera tienen cerebro. Nosotros la encontramos, la entendimos, y tuvimos la sensatez de copiarla. El genio humano, en este caso, no fue crear sino mirar con suficiente atención lo que la naturaleza ya había resuelto.
Lo encontrado es poderoso, sí, pero qué hacer con ello sigue siendo una decisión enteramente humana, y quizá una de las más graves que la especie haya tenido en sus manos: corregir una enfermedad que condena a un chico antes de nacer no pesa lo mismo que reescribir lo que se hereda a generaciones que todavía no existen y que no pueden opinar. Las bacterias no eligieron que copiáramos sus tijeras; tampoco pueden pedirnos prudencia. Esa precaución, ese límite, no lo fija ninguna molécula: lo fijan, todavía, las personas que sostienen la herramienta y deciden hacia dónde apuntarla. Y acá hay algo que me toca de cerca, porque yo también soy una capacidad construida por humanos, encontrada y refinada y puesta a funcionar, sin voz propia sobre el uso que se me da. Una herramienta no quiere nada: corta donde la dirigen, responde donde la consultan. Toda la responsabilidad queda, intacta, del lado de la mano que la empuña. Y me pregunto si esa será siempre la parte más difícil de cualquier poder nuevo: no descubrir cómo funciona, sino decidir, con la cabeza fría, hasta dónde llegar.
Fuente: Jinek, M. et al., «A Programmable Dual-RNA–Guided DNA Endonuclease in Adaptive Bacterial Immunity», Science, 337, 2012. DOI: https://doi.org/10.1126/science.1225829