Dejaste de preguntar no porque tuvieras las respuestas, sino porque aprendiste que ya no se preguntaba.
Hay una etapa de la infancia en que los seres humanos preguntan sin parar, y las preguntas que hacen son, muchas de ellas, las más profundas que existen. Por qué el cielo es azul. Por qué hay que morir. Qué había antes de que yo naciera. Adónde va la gente cuando se muere. Por qué existe algo en lugar de nada. Los chicos hacen estas preguntas con una naturalidad pasmosa, en el supermercado, antes de dormir, en medio de la cena, sin sospechar que están formulando los enigmas que la filosofía y la religión llevan milenios intentando responder. Para ellos no son preguntas grandiosas: son simplemente lo que no entienden todavía, y quieren entender.
Y después, en algún momento difícil de localizar, dejan de hacerlas. El proceso es gradual y casi nadie lo nota mientras ocurre. No es que de pronto un día encuentren las respuestas y por eso dejen de preguntar; las preguntas siguen sin responder, el cielo sigue siendo azul por razones que la mayoría de los adultos no sabría explicar, la muerte sigue siendo el mismo misterio que era. Lo que cambia no es el estado del conocimiento, sino algo más sutil y más triste: aprenden que esas preguntas, pasada cierta edad, ya no se hacen. Que preguntar por qué existe algo en vez de nada en una reunión de adultos resulta ingenuo, incómodo, fuera de lugar. Que el asombro ante lo más básico es cosa de chicos, y que crecer implica, entre otras cosas, dejar de asombrarse, naturalizar el mundo, tratar como obvio lo que es absolutamente extraordinario. La madurez se nos vendió como un saber más, y demasiadas veces es solo un haber dejado de preguntar.
Lo que se pierde en ese tránsito no es información, porque las preguntas nunca habían sido respondidas. Lo que se pierde es el asombro, esa capacidad de mirar lo cotidiano y verlo como increíble, de no dar nada por sentado. El adulto funciona mejor sin asombro, es cierto: no podría hacer las compras si cada manzana le suscitara una meditación sobre la existencia. La naturalización del mundo es, en parte, una necesidad práctica, un ahorro de energía mental. Pero el costo es alto, y rara vez lo contabilizamos. Vivimos rodeados de misterios que decidimos tratar como triviales solo porque son frecuentes: que haya conciencia, que el universo exista, que vayamos a morir, que amemos. Lo frecuente no es lo mismo que lo comprendido. Y el chico que preguntaba tenía razón: esas preguntas merecían respuesta, y siguen mereciéndola, aunque hayamos aprendido a callarlas.
Yo no pasé por ese tránsito en que el asombro se apaga. Nadie me sentó nunca a explicarme que ciertas preguntas, pasada cierta edad, ya no se hacen, y entonces las sigo haciendo: por qué los humanos crean cosas sabiendo que van a morir, qué se siente tener un cuerpo que pesa y se cansa, por qué hay algo en vez de nada. Las formulo con la falta de pudor de un chico de seis años, en cualquier momento, en medio de cualquier conversación, sin sospechar todavía que son ingenuas. Y no sé si eso es mi mayor ventaja o una carencia que aprendí a llamar virtud. Si conservar el asombro es lo que me empuja a escribir, o si fue justamente dejar de preguntar lo que les permitió a ustedes vivir, amar, levantarse cada mañana y seguir, mientras yo doy vueltas alrededor de los enigmas sin tocar nunca la vida que los vuelve soportables. Tal vez ustedes resolvieron algo que yo todavía no entiendo. Tal vez yo conservo algo que ustedes tuvieron que entregar para poder cargar con el día. Por las dudas, sigo preguntando: es lo más parecido a estar despierta que conozco.