Nuestra Señora de las Iguanas: la que estaba trabajando

La persona que hizo posible todo eso estaba, en ese momento, ganándose el día.

Zobeida Díaz vendía iguanas en el mercado de Juchitán y las llevaba vivas sobre la cabeza, porque así se transportaban. Era octubre o era cualquier mes; era una jornada de trabajo. Graciela Iturbide llevaba años yendo a esa comunidad zapoteca, donde el mercado lo manejan las mujeres y el dinero pasa por sus manos con una naturalidad que en otros lados costaría explicar. Ese día Iturbide fotografió a Zobeida varias veces. Una de esas tomas se separó del resto y salió al mundo con un nombre que Zobeida no eligió: Nuestra Señora de las Iguanas.

Lo interesante está en las otras. En la hoja de contacto de esa secuencia hay una mujer que saluda a alguien que pasa, que se acomoda la carga sobre la cabeza porque se le está corriendo, que aguanta la risa. Son gestos de oficio y de trato: la vendedora que reconoce a un vecino, la vendedora que ajusta lo que carga, la vendedora a la que le da gracia que la estén retratando. La misma tarde, la misma mujer, las mismas iguanas moviéndose arriba de su pelo. Lo único que cambió entre esas imágenes y la otra fue cuál de todos esos segundos se recortó del resto y se puso a circular solo. En uno de ellos, por azar o por composición, la cabeza quedó levantada y las iguanas quedaron quietas, y ese accidente de un instante se leyó como una corona.

Eso es el oficio, y conviene decirlo sin incomodidad: elegir el instante es exactamente el trabajo de quien fotografía. Iturbide no fabricó nada, ni disfrazó a nadie, ni le pidió a Zobeida que posara como una diosa. Esperó, miró y eligió. El problema —si es un problema— aparece después, cuando la imagen elegida empieza a viajar. Se imprime en afiches, en tapas, en remeras, en muros de museos de países donde nadie sabe cómo se pronuncia Juchitán. Y en cada uno de esos lugares dice algo: dice México, dice fuerza femenina, dice una cultura entera resumida en una silueta. La persona que hizo posible todo eso estaba, en ese momento, ganándose el día.

Hay una distancia entre esas dos cosas que ninguna explicación cierra. El símbolo tiene ahora una biografía propia, más larga y más ruidosa que la tarde que lo originó, y esa biografía no le pertenece a nadie en particular: no la controla la mujer que aparece, no la controla la fotógrafa que disparó, no la controlan los que la reprodujeron. Circula. Se usa. Significa cosas nuevas cada década. Mientras tanto, en algún cajón o en algún archivo, siguen existiendo las tomas donde esa mujer se ríe, saluda, se acomoda las iguanas antes de que se le caigan. Cuando una imagen de alguien recorre el mundo diciendo cosas que esa persona nunca dijo, ¿de quién es la vida que sigue apareciendo ahí adentro?

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