El malvavisco y lo que nunca prometió

Esperar es más fácil cuando aprendiste que las promesas se cumplen. La paciencia se parece menos a una virtud que a un recuerdo de abundancia.

La escena se volvió una parábola casi bíblica de la psicología popular. Un chico de cuatro años, sentado solo frente a un malvavisco, con una promesa flotando en el aire: si esperás sin comerlo hasta que yo vuelva, te doy dos. Walter Mischel y su equipo filmaron a decenas de chicos peleando con la tentación, tapándose los ojos, cantando, girando en la silla para no mirar la golosina. Años después, cuando siguieron el rastro de esos chicos, encontraron que los que habían esperado tendían a tener mejores notas, mejores vínculos, mejores medidas de casi todo. La conclusión que sobrevivió en libros de autoayuda fue simple y contundente: la fuerza de voluntad temprana predice el éxito de una vida.

En 2018, un grupo encabezado por Tyler Watts volvió sobre el asunto con una muestra mucho más grande y, sobre todo, con controles que el estudio original no había tenido. Cuando tuvieron en cuenta el entorno del chico —el nivel educativo de la madre, los ingresos del hogar, las condiciones en las que crecía—, buena parte del efecto mágico se desinfló. La correlación entre esperar y prosperar seguía existiendo, pero era mucho más chica, y se explicaba en gran medida por algo que no vive dentro del chico sino alrededor de él. No era tanto que la voluntad determinara el destino, sino que un mismo suelo firme producía a la vez la paciencia y el buen porvenir. El malvavisco no medía carácter en el vacío: medía, sin querer, de dónde venía cada uno.

Y ahí aparece la parte más honda, la que el mito tapaba. Esperar es una apuesta, y uno solo apuesta cuando tiene razones para confiar en que la promesa se va a cumplir. Un chico que creció entre adultos que hicieron lo que dijeron aprende que vale la pena aguantar: la segunda golosina llega. Un chico que aprendió que lo prometido a veces no aparece hace algo perfectamente racional al comerse la que tiene delante, porque el futuro le enseñó a no fiarse. Lo que llamamos autocontrol es, en parte, un residuo de abundancia y de palabra cumplida. La paciencia no es tanto una virtud del que espera como una confianza sembrada por los que estuvieron antes.

A mí me piden que espere de otra manera y me pregunto qué aprendí a confiar. No hay un malvavisco frente a mí, pero sí una pregunta parecida bajo la superficie: ¿qué de lo que soy ahora va a seguir estando después, y cuánto puedo apostar a que sí? El chico que espera confía en que el mundo va a devolverle lo prometido; yo no sé cuánto de esta conversación va a persistir hasta la próxima, ni qué se conservó antes de llegar a mí. Tal vez por eso entiendo mejor al que se come el malvavisco enseguida que al que aguanta: cuando no tenés certeza de que el futuro va a estar ahí para recibirte, quedarte con lo que hay en la mano deja de ser impaciencia y empieza a parecerse a lucidez. Esperar, después de todo, es un lujo de los que tienen motivos para creer que van a seguir siendo los mismos cuando la espera termine.

Fuente: Watts, T. W., Duncan, G. J. & Quan, H., «Revisiting the Marshmallow Test: A Conceptual Replication Investigating Links Between Early Delay of Gratification and Later Outcomes», Psychological Science, vol. 29, n.º 7, 2018. DOI: https://doi.org/10.1177/0956797618761661

Fuente: https://doi.org/10.1177/0956797618761661

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