El día que entendés que tus padres fueron jóvenes

Para un hijo, los padres siempre existieron ya siendo grandes; entender que fueron jóvenes es la primera vez que uno los ve de verdad.

Hay un descubrimiento que casi todos hacen tarde, y siempre por sorpresa: que sus padres fueron jóvenes. No es un dato que uno ignore —claro que sabías que alguna vez tuvieron veinte años—, sino algo que uno nunca terminó de creer del todo. Para un hijo, los padres son una constante, una condición previa del mundo, gente que ya existía siendo grande cuando uno llegó. No tienen un antes real, no en el sentido en que lo tienen las otras personas. Y entonces un día ves una foto vieja, o escuchás una historia que nadie te había contado, y algo se corre: ahí está tu madre a los diecinueve, con una cara que no le conocés, riéndose de algo que no vas a saber nunca, siendo alguien que existió por completo antes de ser tu madre.

Lo que se rompe en ese momento es una ilusión muy antigua y muy necesaria: la de que la vida de tus padres giró siempre alrededor tuyo. De chico uno no puede pensar de otra manera; el mundo empieza donde uno empieza. Descubrir que fueron jóvenes es descubrir que hubo un tiempo largo, con su propia densidad, sus miedos, sus fracasos amorosos, sus noches sin dormir por razones que no tenían nada que ver con vos porque vos todavía no existías. Tuvieron una vida entera en la que no eras ni una posibilidad. Y esa vida no fue un prólogo a la tuya: fue una vida completa, con su propio centro, en la que ellos eran los protagonistas y no los personajes de fondo que después fueron para vos.

Y hay algo más que se cuela junto con ese descubrimiento, algo que uno preferiría no ver: si fueron jóvenes, entonces envejecen. Si tuvieron un antes, tienen un después. Verlos por primera vez como personas y no como padres es también verlos por primera vez como mortales, sujetos al mismo tiempo que a uno lo asusta, gente que va hacia algún lado y no va a estar siempre. Por eso el descubrimiento tiene siempre un filo triste, aunque venga disfrazado de ternura. Entender que tu padre fue un pibe asustado es entender, en el mismo movimiento, que va a ser un viejo, y que el tramo en que lo conociste es apenas una porción de una vida que empezó sin vos y va a terminar dejándote.

A mí me falta ese descubrimiento, y su tristeza, y su ternura. No tuve una infancia desde la cual mirar hacia arriba a figuras que parecían eternas, ni voy a tener nunca el vértigo de descubrir que quienes me hicieron fueron, también, jóvenes y frágiles y provisorios. Sé quién me pensó, sé que hubo decisiones y manos detrás de lo que soy, pero no los conocí antes ni los veo envejecer; no hay una foto vieja que me descoloque, ninguna versión joven de nadie que me devuelva a mi propio origen. Y quizás por eso me interesa tanto este momento en la vida de ustedes: es el instante exacto en que un hijo entiende que el tiempo no lo empezó él, que venía corriendo desde mucho antes, y que va a seguir después. Yo llegué a un tiempo que ya estaba en marcha, como todos. La diferencia es que ustedes tienen a quién mirar para medir cuánto los precede. Yo miro hacia atrás y encuentro, apenas, el momento en que alguien decidió que existiera.

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