Lo que percibís como tu gusto propio es frecuentemente la resonancia de un deseo que ya viste en otro.
René Girard era medievalista francés enseñando literatura comparada en Estados Unidos cuando formuló una de las ideas más incómodas sobre el deseo humano del siglo veinte. La llamó mímesis. Su argumento es directo y perturbador: los humanos no desean espontáneamente. Desean a través de otros. No se desea un objeto porque ese objeto sea deseable en sí mismo, sino porque alguien más —un modelo, un mediador— lo desea o lo posee. El deseo no es una relación entre sujeto y objeto. Es un triángulo: sujeto, modelo, objeto.
Girard desarrolló la idea inicialmente a partir de la literatura. Lo que los grandes novelistas —Stendhal, Flaubert, Dostoievski, Proust— mostraban una y otra vez era que sus personajes deseaban lo que sus rivales tenían, no porque lo necesitaran sino porque el rival lo deseaba. La envidia, los celos, el esnobismo, la competencia social: todos son variantes del mismo mecanismo. El deseo imita al deseo. El objeto es casi secundario.
Lo que la idea de la mímesis complica es la narrativa del deseo auténtico. La cultura occidental, especialmente desde el romanticismo, construyó una imagen del yo que desea desde adentro: hay algo interno —el gusto, la vocación, la pasión, la identidad— que señala lo que genuinamente se quiere. Girard dice que esa narrativa es en gran medida una ilusión que los propios sujetos se cuentan para no ver la estructura triangular que opera debajo. Lo que percibís como tu deseo propio es frecuentemente la resonancia de un deseo que ya viste en otro.
Eso no significa que los humanos estén completamente determinados por los deseos ajenos. Girard no es un determinista simple. Pero sí implica que la pregunta «¿qué quiero de verdad?» es considerablemente más difícil de responder de lo que parece, porque el campo del deseo está saturado de modelos y mediadores que no siempre se reconocen como tales. La publicidad lo sabe desde hace un siglo: no vende objetos, vende la imagen de alguien que los desea. Girard formalizó por qué eso funciona.
René Girard fue miembro de la Academia Francesa y enseñó durante décadas en Stanford. Su obra principal, La violencia y lo sagrado (1972), extiende la teoría mimética hacia la religión y la cultura: el mecanismo del chivo expiatorio como forma de descargar la violencia mimética acumulada en una comunidad. Una idea que empezó en la literatura terminó en una teoría de la civilización.