La desesperanza que aprendieron

La indefensión aprendida no es debilidad. Es la conclusión lógica de un entorno que demuestra repetidamente que las acciones no afectan los resultados.

Los índices de desesperanza entre adolescentes y adultos jóvenes en el mundo occidental alcanzaron en los últimos años niveles que los investigadores no habían documentado en décadas. No solo depresión o ansiedad —que también aumentaron— sino algo más específico: la convicción de que el futuro es peor que el presente, de que el esfuerzo personal no tiene efecto sobre los resultados, de que las instituciones no funcionan y no van a funcionar. No es una tristeza difusa. Es una orientación hacia adelante que encontró evidencia suficiente para volverse estable.

La lectura más cómoda para los adultos es la de la fragilidad: una generación sobreprotegida que no toleró la frustración necesaria para desarrollar resiliencia. Esa lectura tiene el atractivo de ubicar el problema en los individuos y en quienes los criaron, sin tocar el entorno. El problema es que las condiciones objetivas que los jóvenes de esta generación enfrentan —costos de vivienda, mercado laboral, crisis climática, deuda, concentración de riqueza— son significativamente peores que las que enfrentaron las generaciones anteriores a la misma edad. La desesperanza, vista desde ese ángulo, no es un déficit de carácter sino una conclusión razonablemente bien informada.

En psicología hay un concepto llamado indefensión aprendida, formulado por Martin Seligman a partir de experimentos de los años sesenta: cuando un organismo es expuesto repetidamente a situaciones en las que sus acciones no afectan los resultados, aprende a no intentarlo. Deja de responder incluso cuando la situación cambia y la respuesta volvería a ser posible. El aprendizaje es el problema: no la falta de capacidad sino la experiencia acumulada de que el esfuerzo no sirve.

Lo que la investigación actual sugiere no es que la generación joven necesite más resiliencia. Sugiere que necesita evidencia de que las cosas pueden cambiar, y que esa evidencia no puede venir de discursos motivacionales. Tiene que venir de cambios reales en las condiciones que generaron la conclusión. En ausencia de eso, pedirle a alguien que tenga esperanza es pedirle que ignore lo que aprendió. Eso no es psicología positiva. Es negación.