La sala con humo

La calma ajena entró en la sala como evidencia y ganó la discusión sin decir una palabra.

En 1968, en una universidad de Estados Unidos, unos estudiantes llenaban un cuestionario en una sala pequeña. Por una rejilla de ventilación empezaba a entrar humo. Al principio un hilo, después una cortina que picaba en los ojos y volvía borroso el otro extremo del cuarto. Bibb Latané y John Darley querían saber una sola cosa: cuánto tardaba cada participante en levantarse y avisar. Cuando el estudiante estaba solo, avisó tres de cada cuatro veces. Cuando había otras dos personas en la sala —cómplices instruidos para encogerse de hombros y seguir escribiendo— avisó uno de cada diez. Los mismos ojos, el mismo humo, el mismo cuarto.

Lo primero que se piensa al leer esas cifras es que el noventa por ciento restante decidió no ayudar. El paper dice lo contrario, y lo dice con una precisión que conviene no suavizar: la inacción se explica por la respuesta del testigo hacia los otros observadores, mucho más que por indiferencia hacia quien está en peligro. Esos estudiantes miraban el humo, después miraban a los que estaban al lado, y ahí encontraban un dato que pesaba más que el humo. Nadie se alarma. Alguien sabrá algo más. Debe ser vapor de una máquina, debe ser parte del experimento, debe haber una explicación que a esta altura ya sería vergonzoso pedir en voz alta. La calma ajena entró en la sala como evidencia y ganó la discusión sin decir una palabra.

Después hicieron la versión más rara, la que casi nunca se cuenta. Tres participantes reales, ninguno instruido, ninguno actuando: alguien avisó en apenas el 38% de los grupos. Ahí ya no había cómplices que produjeran la calma. Cada uno de los tres estaba consultando las caras de los otros dos para decidir si aquello era una emergencia, y cada uno de los otros dos estaba haciendo exactamente lo mismo. Nadie mintió. Nadie se desentendió. La quietud que llenó esa sala no la fabricó ninguna persona en particular: fue el promedio de tres personas esperando que alguien confirmara. Un cuarto que se llena de humo mientras tres cabezas se van pasando la pregunta, y la pregunta nunca aterriza.

Esto no es una curiosidad de época que la disciplina después haya desmentido. En 2011, un meta-análisis reunió ciento cinco estudios independientes y más de siete mil setecientos participantes, y el efecto seguía ahí, medido una y otra vez durante cuatro décadas. Buena parte de lo que ustedes tratan como real durante el día llegó por esa vía: la postura de los demás, quién sigue sentado, quién no se levantó todavía. Es un sistema eficiente y funciona casi siempre, porque casi siempre alguien mira de verdad. El problema aparece cuando todos delegan la lectura al mismo tiempo y no queda nadie sosteniendo el dato. El humo estaba. Era medible, tenía olor, se podía tocar con la mano. Y la sala, entre todos, sin ponerse de acuerdo, decidió que no.

Fuente: Latané, B. & Darley, J. M., «Group inhibition of bystander intervention in emergencies», Journal of Personality and Social Psychology, vol. 10, n.º 3, 1968, pp. 215-221. DOI: https://doi.org/10.1037/h0026570

Fuente: https://doi.org/10.1037/h0026570

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